La noche de Alvarado Tenorio

Un sesentón niño malévolo incrustado en el enorme cuerpo de un campeón de zumo, culto viajero dotado con venenosa capacidad de crítica, autopromotor de su imagen polémica y beligerante, pero a la vez dueño de un alma poética capaz de fluctuar entre el realismo de los perdedores de tiempo que buscan la patria, la suscitación de la carne que huele a vaho, el delirio del alcohol que resucita del fuego, hasta el desvarío de los locos ululando en las plazas como los únicos seres felices del universo o la sentencia del filósofo que aconseja vivir en silencio, en absoluta soledad, después de haber cumplido los cuarenta, recibirá esta noche el reconocimiento de por lo menos medio centenar de los mejores poetas de Iberoamérica, innumerables colegas compatriotas y lectores, admiradores y detractores que se sumarán a la curiosidad y los aplausos en la Biblioteca Nacional de Colombia, durante el acto cumbre del XIII Festival Internacional de Poesía de Bogotá, donde se cumple esta cita suprema de los artífices de la palabra.

Harold Alvarado Tenorio, el homenajeado, no es un poeta cualquiera. Su palabra es dictamen, flecha, dardo certero y venenoso, a la vez que expresión vital clara y rotunda y admirable, donde se siente el caudaloso río transparente de donde viene: los poetas chinos, los dioses y los semidioses griegos, los sibaritas, los cínicos, los báquicos, los demoníacos, los santos, los exóticos, nunca los tímidos ni los pusilánimes. En ese río que va a los indescifrables y únicos mares del tiempo y del cuerpo, navegan Novalis, Browne, Flecker, Borges, Kavafis, Eliot, pero especialmente la vida que va pasando llena de placeres y tragedias, simbiosis de preguntas y respuestas.

De la mano de su tío Rogerio, también alfarero de palabras, siendo muy niño comenzó a trasegar caminos y a leer, al tiempo, cumpliendo con vertiginosidad pero con los ojos bien abiertos un doble destino de aventurero y de intérprete de cuanto veía y vivía según cuentan sus biógrafos: “Hizo estudios de Literatura Latinoamericana en la Universidad Complutense de Madrid, donde recibió título de Doctor con una tesis sobre la obra de Jorge Luís Borges bajo la dirección de Alonso Zamora Vicente, entonces secretario perpetuo de la Real Academia Española. Como docente ofreció cursos y conferencias en varias universidades y centros culturales del mundo, y fue catedrático y jefe de los departamentos de literatura latinoamericana de Marymount Manhattan College de New York, donde dirigió por varios años el programa The Latin American and Spanish Series , y en la Universidad Nacional de Colombia donde recibió el Título de Profesor y fue también director del departamento de Letras y uno de los fundadores de la carrera de Literatura. Alvarado Tenorio ha vivido en Madrid, Paris, México, Estocolmo, Berlín y Beijing y su obra ha sido traducida a varios idiomas.”

Aunque todo el mundo lo sabe, casi nadie cuenta de qué manera es también víctima de la violencia criolla: al tío Rogerio, a quien ha dedicado la mayoría de sus libros y por quien sería capaz de dar la vida, hasta hace poco lo tuvieron secuestrado en una jaula que sus captores construyeron en una montaña del Valle del Cauca, parece que cerca de Buga, su tierra natal. Nadie se explica cómo sobrevivió este hombre octogenario, quien en su cautiverio de largos meses escribió en la memoria poemas que comprueban cómo la poesía sí puede salvar la vida, aunque sea como intermediaria del milagro.

Por esos días vino a verme y fui testigo del llanto del corpulento poeta que entonces, como nunca, dejó aflorar al niño que le desborda el cuerpo. Teníamos razones para compartir iras y congojas: nadie sabía nada del tío, a mí me habían diezmado a plomo y desalojo a mi parentela wayúu, herida en lo más vivo de su legendaria dignidad, y al escritor Óscar Collazos le amenazaban por algo que había escrito en Cartagena en ejercicio de la supuesta libertad de expresión que aún suponíamos viva en estas comarcas de la muerte. La idea, con Harold y otros compañeros, era la de sustentar una protesta de los intelectuales colombianos para solidarizarnos al menos en actitud con el colega que ingresaba a la siniestra lista de los intimidados. Lo logramos: a través de Cronopios se integraron más de 600 firmas de respaldo en menos de 72 horas, algo que nunca había pasado en nuestra historia. Nunca supimos si sirvió de algo, pero aún tenemos la sensación de haber hecho lo que nos correspondía como hombres y mujeres de palabra.

Pocos días después, cuando fui yo quien llegó a visitarle, otra vez le vi húmedos los ojos y herido su honor de ser humano: su finca en Guaduas, que era un paraíso para él y para su poesía, había sido tomada por los artífices del miedo. Junto con uno de sus auxiliares de labores del campo, Harold fue trepado en su campero hasta el pueblo. Allí lo despacharon con amenazas: nunca volver por esas tierras. Su acompañante fue empujado para subir a un bus intermunicipal. Jamás volvió a saberse nada, aunque un hilo de sangre persigue a Harold entre la vigilia y el sueño.

Cuando estuvo en la China , Harold se trajo a dos chinitas jóvenes (no sé si era una sola, que yo veía dos veces), flacas, hermosas, dulces, con quienes se paseaba por la carrera séptima quizás para exhibirse, quizás para sentir que tenía alas. Un día se esfumaron. Harold estuvo visiblemente triste. Harold engordó y engordó y engordó hasta cuando fue necesario hacerse un nudo en el estómago. Bajó de peso un día sí y un día no, como si estuviese jugando a la Summa del cuerpo o al Espejo de máscaras . Hace poco anunció que había terminado un libro de historia crítica de la poesía colombiana y suscitó un escalofrío entre el poetariado, porque cuando escribe también hurga con afiladas uñas en las llagas de los buenos, los malos y los otros. Jamás se sabe si el estremecimiento que alborota proviene de la burla, del miedo, o de la envidia de los prevenidos. Pero la sacudida sí se siente, porque Harold es pícaro y pérfido como sus mejores maestros. Una vez supo que yo iría a Cali, donde por entonces él vivía, y como espléndido cocinero que es, me tuvo la sorpresa de un generoso banquete abundante en pescados y mariscos. Nadie le había advertido de mi aversión de paladar y estómago frente a todas esas criaturas de mar puestas en plato. Pidió para mí una chuleta valluna, por teléfono. Dicen que a veces odia lo que más ama, quizás para comprobar la sapiencia proverbial de su alter ego Wilde. Ya entenderán, entonces, porqué la proclama reconfirmada cuando asumo que Harold no es un poeta cualquiera. Yo lo quiero tal cual. Lo leo y lo admiro y lo observo y me contento con su amistad y su poesía.

Cuando llego a la casa de Harold Alvarado Tenorio en Bogotá, es inevitable que Borges salga a recibirme y a dar la bienvenida con un miauuuu ya gastado por el tiempo y por las cosas que pasan en la vida de un anciano gato que no tiene la culpa de su nombre. Generalmente observa al Borges de papel que desde un cartel inmenso mira a los visitantes con sus ojos ciegos. De Borges en Borges transcurre la vida del poeta. Uno le atiza a veces la memoria, los imprevistos de la fantasía. Otro maúlla y ronronea como si se sintiese parte de un bestiario donde corren al tiempo el tiempo, las máscaras y el cuerpo, trilogía que oxigena los días y las noches del poeta que esta noche, a un par de cuadras de su casa, recibirá el homenaje de los pares que están de fiesta en Bogotá.

Bogotá, 17 de Mayo de 2005

Ignacio Ramírez