Quessep, Alvarado Tenorio
y otros vates

Con cierta arrogancia se dice a menudo: Colombia, país de poetas. Presunta verdad que no resiste el menor análisis, pues en una rápida ojeada a la trayectoria de nuestra producción poética podemos observar que el panorama es bien distinto; escaso y precario. Además, a falta de un lenguaje poético establecido por la continuidad de una tradición, nuestra poesía no ha resistido los embates de eso que Sartre ha dado en llamar la crisis de nuestro tiempo.

Año tras año son innumerables los libros de poesía publicado, pero solo en unos cuantos de ellos podemos siquiera detenernos. Más escasos aún, son aquellos que se salen de los lugares comunes para intentar codificar un mundo propio. Todavía hoy, comienzos de 1973, el poeta colombiano de mayor envergadura es León de Greiff. O sea, que desde 1915, año de la publicación de sus primeros versos, es el poeta más moderno y vigoroso de nuestro país. Después de León de Greiff y algunos contemporáneos suyos (como Jorge Zalamea y Luís Vidales) podemos dar un salto de muchos años para caer en la generación agrupada en la revista Mito, en la cual encontramos a Jorge Gaitán Durán, Eduardo Cote Lamus, Fernando Charry Lara y Alvaro Mutis. Los dos primeros no pudieron culminar esa riqueza poética que mostraron en sus primeros libros. Mutis, en uso de buen retiro, anuncia ya la publicación de su obra completa. Sobre ésta, Juan Gustavo Cobo Borda ha dicho algo muy cierto:

No hay en toda la poesía colombiana un conjunto tan ambicioso, tan rico personal; un paisaje tan nuestro y unos elementos tan capaces de trasmutarlo. No hay tampoco, derrota más trágica que los restos fragmentarios y espléndidos de lo que pudo ser un alto destino poético.

Después de ellos el silencio se vuelve agobiante, las peripecias juveniles de nuestros amigos los Nadaístas no fructificaron en nada positivo, abandonaron el academicismo en pos de la espontaneidad, dejando un saldo en rojo que ni siquiera la Divina Providencia puede salvar.

Contemporáneo a los Nadaístas, confundido a veces entre ellos por aquello de la soledad, de la necesidad de los amigos y la indispensable caminata por la carrera Séptima, Mario Rivero emerge como una figura única, con un mundo propio, y una sensibilidad poética que a través del tiempo ha ido encontrando su perfección. A Rivero le toca marchar solo en toda la década de los sesenta, y pudo resistirlo con éxito. Sus méritos han encontrado cierto reconocimiento como el Premio Nacional de Poesía. Tiene además dos libros inéditos. En los que hasta ahora ha publicado hay búsquedas distintas, haciendo de la vida cotidiana, las luchas vietnamitas y la frivolidad una materia sutil y eficazmente poética. El conjunto de su obra es uno de los pocos ejemplos que tenemos a mano para registrar la madurez literaria, tan escasa en la pobreza de nuestra literatura.

Rivero ha sido, pues, el puente entre la generación de Mito y la Nueva Poesía Colombiana. También ahora abundan los nombres, pero es muy poca la cuota de buena poesía. En 1972 se publicaron muchos libros, de los cuales voy a comentar dos: Duración y leyenda, de Giovanni Quessep y Pensamientos de un hombre llegado el invierno, de Harold Alvarado Tenorio.

Duración y leyenda recoge las virtudes bosquejadas en las dos primeras incursiones líricas de Quessep para lograr una plenitud de exquisito decantamiento. Quessep ya no arriesga, ha pulido su verso de tal manera que el ritmo de su poesía fluye con una perfección que asombra. Los veintidós poemas que componen el libro están confeccionados de la misma manera, partiendo de la poesía para llegar a ella misma. Por eso las referencias a la literatura, a Shakespeare, a Keats, a las mariposas amarillas, a la Odisea no son evocaciones que pertenecen a un mundo secreto degustado por unos pocos, sino que por el contrario son símbolos de la vida misma, de esto que hemos denominado cultura y que en última instancia es la historia encarnada en el hombre. La sabiduría poética de Quessep ha llegado a tal grado que él, impávido pero seguro, ha definido su poesía con el epígrafe de Machado que abre su libro: «Canto y cuento es la poesía, se canta una historia, contando su melodía». Frase que contiene la única verdad que uno puede extraer de la reiterada lectura de Duración y leyenda. Un libro por el cual uno puede deambular muchas veces sin cansarse, buscando nuevas cosas, asombrándose una y otra vez – como un niño- ante la belleza.

Pensamientos de un hombre llegado el invierno es la opera prima de Alvarado Tenorio. Factores externos han promovido su aparición, pero los más o los menos de esos motivos no nos interesan. Su poesía no ha sido valorada. Como todo libro primero se caracteriza por ciertos altibajos, donde lo positivo opaca los pocos errores que se entreveran.

Son muy pocos los poetas colombianos, y lo digo con seguridad, pero sin presunción, que pueden mostrar en su primera aparición ante el público una madurez tan sorprendente. Cuarenta y cuatro poemas, unos muy cortos, otros muy largos. Perfectos los primeros, con desajustes los segundos. Al igual que Quessep, Alvarado Tenorio hace claras referencias a la literatura. A Lezama Lima, Marco Antonio, Trosky. Las ubica en un contexto diferente y de una peculiar manera. Tiene la capacidad de hacer un poema en tres versos con la perfección de un maestro:

Gran vida que da y todo quitas
Ni siquiera el recuerdo quedará en nuestros huesos
Ni siquiera la música del violín de Mendelssohn.

Y también la virtud de rematar una bella composición de esta manera:

Tú, que has viajado al país de los altos edificios.
Tú, que conoces los sabores del vino extranjero.
Tú, que has oído la música del timbal y de la flauta,
¿Has encontrado, como el mío, corazón alguno?.

Es bueno anotar que en Alvarado Tenorio no hay rasgos ni deudas con las formas acostumbradas de la poesía colombiana. Tal vez la única presencia visible sea Borges, al igual que Quessep, pero en ambos de diferente manera. Quessep recoge el esteticismo borgiano; Alvarado Tenorio se alimenta en general del mundo borgiano, en especial, el mundo de sus cuentos fantásticos, pero en ninguno de ellos pesa más que su propia expresión. Esta opera prima es sin duda alguna una de las más interesantes, más ricas y más logradas de la nueva poesía colombiana.

Lecturas Dominicales, de El Tiempo, Bogotá, febrero 18, 1973.

Umberto Valverde