China y la apertura

Se cree que China, una de las más antiguas civilizaciones, tiene tras de sí unos cuatro mil continuos años de historia. Pero decir cuatro mil años, cuando estamos por saber para qué inventó el hombre el concepto de año y si es todavía de alguna utilidad, da la inabarcable extensión de la cifra, bien podía ser como decir doscientos y así podríamos mejor comenzar a entender qué diablos ha estado sucediendo en una sociedad a la que muy pocas culturas de occidente estuvieron alguna vez interesadas en conocer, desde el punto de vista de la desnuda comprensión de su historia y el funcionamiento de su sociedad.

La mayoría de las enciclopedias del siglo pasado, pensemos en la edición cumbre de la Británica en 1911, dicen bien poco a quien hoy pueda tener acceso a las propias memorias chinas y sus viejos libros. No habiendo podido dominar nunca China, Occidente -léase Inglaterra- se dedicó a saquear África y en especial el Norte de ese continente, con una vanguardia de aventureros cuyo único mérito fue una enervante búsqueda de prestigio entre un grupo de viejos bebedores de aguardiente inglés llamado la Sociedad Geográfica de Londres.

Sin duda que la causa mayor del desconocimiento cierto que tenemos hoy sobre China viene de sí misma. Da la impresión de que ni los propios chinos saben qué es China, cómo fue, cómo será, etc. Es verdad que guardan y repiten religiosamente sus cadenas de datos, nombres de pila de sus reyes, nombre de reinados de sus emperadores, pero de allí a decir que exista una mediana idea de cómo fueron sus reinados, a donde llevaron y que habrían podido hacer mejor como existe hoy en Occidente respecto, digamos, del Renacimiento, sería una piadosa mentira. Sin duda hay quien lo sabe, y que los hay los hay, pero la espantosa Revolución Cultural de los años sesenta dejó la nación en tal desamparo espiritual, que aún hoy aquellos escasos y notables estudiosos se ocultan o estando muertos sus propias familiar no se arriesgan a entregar al público las posibles investigaciones sobre el pasado.

Los gobernantes chinos han borrado con sus derrocamientos o pérdidas de poder las huellas de sus hechos. Un acto que se repite como si entendieran bien que la historia, el concepto de historia, es una inutilidad pues cada gobierno y cada generación debe hacer lo que le corresponde para salvarse, como si se tratase de un viejo avaro que enriquecido por haber descubierto un filón y su método para explorarle, no contara a nadie dónde está y menos con que instrumentos seguir arrancando el metal.

Además ha sido tradición el desprecio hacia los intelectuales. Raros fueron los momentos cuando desde el poder se fomentara un profunda reflexión por su rígida estructura expositiva, resultado de años de trabajo de cuatro eruditos del Instituto de Historia de la Academia de Ciencias Sociales: He Zhaowu, Bu Jinzhi, Tang Yuyuan y Sun Kaitai, han querido subsanar esa carencia haciendo: Una historia intelectual de China.

Que el esfuerzo fue enorme, no cabe duda. Pero que apenas es un rudimentario principio lo comprueba cualquiera que lea, incluso, sólo alguno de los capítulos. Son demasiado escolares, otra vez el pragmatismo y el didactismo, con descripciones apenas arqueológicas de conceptos que entienden “originales” en cada período. Y cuando quieren mostrarse cosmopolitas, recurre, para mostrar la importancia de las contribuciones de sus pensadores, a compararles, casi que exclusivo con los griegos, como hubiese alguna obligatoriedad en ello, y sin comprender ni lo uno ni lo otro, terminando un lector “avisado” por confundirse entre la lectura que hacen de los Presocráticos, por ejemplo, y la búsqueda de una similitud con los pensadores chinos anteriores al período Qin. Es cómodo decir que estos fueron notables porque sus discurrieres recuerdan las frases y los asuntos de aquellos. Lo difícil sería primero decir que aquellos pensadores son tan inútiles como lo serían los griegos y demostrarlo. Pero en esas honduras no se meten ni los profesores chino ni los profesores alemanes que han gastado ya más de dos centurias diseñando el modelo de maestro que ha deseado para su futura sociedad imperial y que ya ha traído al mundo catástrofes, entre ellas, la Segunda Guerra Mundial.

Si China ha existido sin romperse ni mancharse por cuatro mil años, luego de la lectura de este volumen uno tiende a concluir que su Edad Media s prolonga hasta ahora, cuando hay dos mil hoteles de cinco estrellas, miles de automóviles Wolkswagen cruzando caminos de herradura, botes que suben el amarillo a doscientos millas por hora y que no hay semana que el Primer Ministro no sea visitado por algún alto dignatario del “mundo exterior”.

Doce años de apertura y este libro como guía, bien pueden hacer creer que China ha cambiado. Pero no hay tal. China sigue siendo una enorme sociedad feudal que en algunos momentos de este siglo ha querido sacudirse de su monolítico pasado, digamos los primeros años de la creación de la República y los diez primeros de la República Popular, pero que en la decena siguiente, son la Revolución Cultural regresó a un punto cero de donde ahora están tratando de sacar Deng Xiaoping y la minoría ilustrada que le sigue.

Todavía China está regida por estructuras de poder medievales. Y es posible decir que aún no ha conocido formas de gobierno que los occidentales consideran ya caducas e irrescatables, como las repúblicas estados de Italia en el Renacimiento y ni siquiera aquellas de la República Islandesa del Once. El pragmatismo ha llevado a los gobernantes chinos a actuar apenas con una regla de oro: ni avanzar mucho ni retroceder demasiado. Y buscando salidas, unas veces para salvar el pellejo, han usado e ingerido siempre sin masticar todas cuantas ideologías lea ha parecido de utilidad, pero sin abandonar las ya naturales formas de gobierno milenario, que entienden y con razón, han sido la única garantía real para no hundirse en las tinieblas del caso. El marxismo de Mao Zetong apenas habrá durado tres décadas, hasta cuando entendió que por ese camino la Rusia de Stalin se prestaba a convertir a China en otro de sus satélites. Entonces el Gran Emperador Campesino rompió con Stalin, se quedó con el comunismo por algunos años más y para borrar las cicatrices de su error levantó la enorme ola de horror de la Revolución Cultural, castigando a quienes ilusamente habían olvidado que China es el centro y el centro es el ombligo de todos los eres y por tanto la nación de los Han, que si no puede dominar al resto no debe ser dominada por nadie y es mejor volver al ensimismamiento.

Terminada la guerra Fría, abolida la herejía del Comunismo, china quizás pueda ahora abrir sus puertas al exterior y al interior de si misma. Si el mundo Occidental no pone sobre los gobernantes chinos enormes presiones ni quiere apoderarse del país, ya sea militarmente o mediante el uso indebido de las concesiones comerciales que ahora prodiga, quizás el siglo que viene pueda ofrecer al mundo y a los propios chino no un viaje arqueológico por estas culturas milenarias sino un enorme viaje espiritual a un Medioevo palpitante en sus contradicciones, como esta de haber logrado dar de comer a tanta gente sin salir del siglo X.

Porque si algo saben los chinos y si algo hay que aprender de ellos, es que el tiempo no existe. Solo el amanecer y la noche. Y entre ellas, lo único que debemos hacer es comer ni poco ni mucho, pero sin dejar de soñar que un día será posible comer de verdad.