Mao y el Rock and Roll

Nada más pernicioso que creer que el pasado fue mejor que le presente. Y peor, hacer creer a los jóvenes que en hubo algunas vez un ayer mejor. Todos los ayeres fueron peores y serán peores. Mirar hacia atrás con lágrimas no redime de los males del presente ni alienta para seguir viviendo, si es que hay necesidad de seguir viviendo. Pensar que los años de la Guerra Fría, los Beatles, Berkeley, París-Mayo de 1968, los Hippies, la Plaza de las Tres Culturas, Sartre y Simonne de Bouvard, el horror de las armas nucleares con la sensación de estar al borde de la tercera guerra mundial, la pacatería de la sociedad norteamericana, el auge del racismo, las muertes de Kennedy y Luther King, los Panteras Negras, esos furiosos años del imperialismo norteamericano y del hundimiento de toda esperanza fueron “días felices” no dejar de ser una tontería. Y más hoy, cuando el Muro de Berlín ha caído, cuando el “comunismo” soviético, con toda su estela de crímenes y oprobios se ha derrumbado para siempre, cuando vivimos en la única real e inagotable soledad, cuando no habrá más mitos que nos hagan creer en una posible solidaridad colectiva o individual.

Pero la nostalgia no es un mal endémico del mundo occidental, así toda nostalgia en occidente tienda a recordar la tierra. Aquí la nostalgia ha asumido una máscara que de no ser real, sería inconcebible. Cientos de millares de chinos resucitan a Mao Zedong imprimiendo sus gloriosas fotos de los años cincuentas y sesentas: Mao con la gorra verde y la estrella roja, Mao cruzando el río Amarillo en compañía de mil jovencitos, Mao con pañuelo rabo de gallo durante el foro de Yunan-, y la divulgación de las canciones con que los fanáticos endiosaron al héroe. Pero quienes se encargan ahora de recordar al Chairman Mao son aquellos que de haber triunfado sus ideas de los últimos años de vida y gobierno, nunca hubieran existido: la nueva clase media y los trabajadores individuales. Son los tenderos y comerciantes, los taxistas y los jóvenes rebeldes quienes llevan con orgullo sus botones y repiten las canciones- consignas del ayer.

Rojo es el Este, el sol se levanta.
China ha traído a Mao Zedong.
Él trabaja para el pueblo.
Es nuestro salvador.

Estas y otras canciones se entonaban en coro durante la Revolución Cultural, en la década 1966 a 1976. Ahora están a la venta en dos colecciones tituladas El Este es Rojo y El sol Rojo. El segundo ha vendido más de un millón de copias, desde el 18 de diciembre pasado, cuando una casa disquera de Shangai lo puso al mercado. Se trata de los viejos himnos, que arreglados con música de rock and roll y sin la furia vocal de los Guardias Rojos se escuchan en los pasillos de los centros comerciales, en las tiendas de ropas callejeras, en los bares de Karaoke, las peluquerías y los restaurantes. Mao compite con Los jóvenes tigres y otros cantantes populares de Hong Kong y Taiwan y les gana en ventas. Y el rock and roll maosetunero ha resucitado las canciones originales, haciendo que se regraben de mano a mano.

Los expertos del gobierno se han apresurado a interpretar este revival del viejo líder. Dicen que se debe a que la gente siente nostalgia por la figura del padre de la patria y los tiempos de los precios estables y el fervor de la camaradería, pero que es inexplicable que también la tengan por la decena de años de Revolución Cultural cuando un enorme número de intelectuales y obreros fueron enviados a los campos para reeducarles y hacerles campesinos.

Creo que la explicación de los oficiosos sociólogos no agota el tema. La mayoría de quienes besa hoy las fotos de Mao y oyen las canciones en su honor son menores de treinta años que nada supieron de una cosa ni de otra. Parece más bien que Mao sirve para descalificar un presente azaroso donde nadie sabe para dónde va, excepto los comerciantes y los nuevos empresarios que han descubierto cómo el dinero sí compra felicidad y respeto. El Gran Timonel es el mascarón de proa de la generación de La Plaza Tian’anmen, que quiere más libertad, ignorando quizás, que esa mayor libertad traerá enormes penurias económicas para los millones de empleados del estado que no podrán sobrevivir entre las olas del mar de la competencia que asoma su nariz por todas partes. Los trece años que van corridos de la puesta en práctica de las reformas de Deng Xiaoping ya comienzan a dejar sus cicatrices en el cuerpo social.