|
Bolívar: literatura y política
por Harold Alvarado Tenorio
 
La
inmensa obra guerrera y política de Bolívar no tendría la misma
significación de haber desaparecido su no menos gigantesca obra
literaria, representada en los discursos, proclamas y cartas, que Vicente Lecuna recopiló a través de veinte años.
Raramente redactados por su propia mano, asombra cómo, en medio de las
batallas, en el destierro, entre las hostilidades de los varios climas o
la navegación por mares y ríos, nunca descuidara en la composición de
sus escritos. Se trata, aquí también, de productos nacidos en una mente
excepcional, de un pensador y orador de primer orden en su tiempo. Si se
compara su estilo con los de Belgrano, Bello, Bretón de los Herreros,
Caldas, Estebánez Calderón, Feijoo, Fernández de Lizardi, Jovellanos,
Lafinur, Larra, Mesonero Romanos, Mexia, Miranda, Moreno, Nariño,
O´Higgins, Rodríguez o San Martín, cabe hablar de una renovación
literaria bolivariana.
Mientras en algunos de sus contemporáneos domina el tono neoclásico y en
otros, la anacronía, en el Libertador hay desde sus inicios un
temperamento de artista y una voluntad de estilo nuevos, regidos
férreamente por su alma extraordinaria, para expresar ideas y actitudes
revolucionarias con un lenguaje fulgurante de frases cortas y
apasionadas, con adjetivos, imágenes y tropos espontáneos que inflaman o
enfriar el tono de acuerdo a las necesidades. Sus proclamas y discursos
son unas veces persuasivos, otras luminosos; sus documentos equilibrados
y armónicos, perdiendo brillantez donde ganan en profundidad.
Su primer documento público: Memoria dirigida a los ciudadanos de la
Nueva Granada por un caraqueño, es una violenta crítica al régimen
constitucional adoptado por el Congreso Constituyente de 1811.
Analizando los supuestos políticos y las experiencias de la Primera
República, previene a los cartageneros para que no repitan los mismos
errores. Se ha fracasado —dice—, por adoptar, con los ideales de la
Ilustración, —en una sociedad de hacendados esclavistas controlada por
aristócratas mantuanos y los grandes cacaos , con rivalidades regionales
y comerciales disgregadoras—, una Constitución Federal inconveniente al
carácter nacional; tolerante en exceso con el enemigo, equivocada en la
elección y reclutamiento de las fuerzas militares, incompetente en
finanzas, víctima del fanatismo religioso y las facciones que
subvirtieron desde dentro la República.
«El
sistema federal, bien que sea el más perfecto y más capaz de
proporcionar felicidad humana en sociedad, es, no obstante, el más
opuesto a los intereses de nuestros nacientes Estados. Generalmente
hablando, todavía nuestros ciudadanos no se hallan en aptitud de ejercer
por sí mismos y ampliamente sus derechos porque carecen de las virtudes
políticas que caracterizan al verdadero republicano; virtudes que no se
adquieren en los gobiernos absolutos, en donde se desconocen los
derechos y deberes del ciudadano.»
Para
Bolívar hay una insoluble diferencia —teórica y práctica— entre las
ideas surgidas, antes de ser aplicadas, en las viejas naciones europeas,
y las americanas, emancipadas a medias del dominio colonial, que no han
logrado aún estabilidad política y social.
«Los
códigos que consultaban nuestros magistrados no eran los que podían
enseñarles la ciencia práctica del Gobierno, sino los que han formado
ciertos buenos visionarios que, imaginándose repúblicas aéreas, han
procurado alcanzar la perfección política, presuponiendo la
perfectibilidad del linaje humano. Por manera que tuvimos filósofos por
jefes, filantropía por legislación, dialéctica por táctica, y sofistas
por soldados. Con semejante subversión de principios y de cosas, el
orden social se sintió extremadamente conmovido, y desde luego corrió el
Estado a pasos agigantados a una disolución universal, que bien pronto
se vio realizada.»
Las
elecciones populares sólo han permitido a los ambiciosos e ignorantes
opinar en materia política, entregando el gobierno a ineptos e
inmorales. Naciones recién liberadas, inexpertas en gobiernos
representativos y carentes de educación no podían convertirse, de la
noche a la mañana, en democracias. Era necesario un gobierno
centralizado y unitario, un que derrotara los realistas. El federalismo
era débil y complejo para una América que exigía unidad y fuerza.
«Por
otra parte, ¿qué país del mundo, por morigerado y republicano que sea,
podrá, en medio de las facciones intestinas y de una guerra exterior,
regirse por un gobierno tan complicado y débil como el federal? No es
posible conservarlo en el tumulto de los combates y de los partidos. Es
preciso que el Gobierno se identifique, por decirlo así, al carácter de
las circunstancias, de los tiempos y de los hombres que lo rodean. Si
éstos son prósperos y serenos, él debe ser dulce y protector; pero si
son calamitosos y turbulentos, él debe mostrarse terrible y armarse de
una firmeza igual a los peligros, sin atender a leyes, ni
constituciones, ínterin no se restablece la felicidad y la paz.»
Desde
Cartagena, Bolívar enuncia su convencimiento de que una vez terminadas
las guerras de liberación, que han desintegrado el continente, era
imprescindible recobrar la unidad continental para alcanzar la plena
libertad y desarrollo de las nuevas repúblicas.
El Imperio Español que conocieron Bolívar y sus contemporáneos fue
resultado de las reformas de los ministros de Carlos III. El pacto
colonial de Carlos V había quedado roto con la nueva estructura
administrativa que creó los virreinatos de Nueva Granada y Río de la
Plata, y adoptó el sistema intendencial a fin de centralizar el poder en
la cabeza del monarca, luego de casi cien años de laxitud y
concentración de poderes en manos de los cabildos Criollos. La nueva
política hizo énfasis en el envío de funcionarios de origen
extrictamente peninsular y en el crecimiento de la inmigración. De tal
manera, tanto en la burocracia, como en las industrias y el comercio,
los Criollos se vieron desplazados, si bien de manera lenta pero
constante, por elementos blancos ajenos a las tradiciones de las
colonias, agregando a ello la venta de títulos nobiliarios, que
establecía una nueva división entre los Criollos ricos y los mestizos.
Carlos III fue el inventor de la nobleza hispanoamericana. Todas las
formas posibles de hacer pagar a los americanos las guerras españolas en
Europa fueron válidas. El desmantelamiento de las restricciones para el
comercio colonial, entre 1765 y 1775, se constituyó en monopolio
exclusivo de los peninsulares. Los estribos y ponchos de los gauchos
terminaron por ser fabricados en Londres.
A ese estado de la situación se refiere Bolívar en la primera carta que
escribió en Jamaica dando respuesta a las inquietudes del inglés Henry
Cullen. La exclusión sistemática de los Criollos de los cargos
administrativos y políticos, en su propia tierra, no podía ser
interpretado de manera diferente a un renovado y pasivo vasallaje.
«Se nos
vejaba con una conducta que además de privarnos de los derechos que nos
correspondían, nos dejaba en una especie de infancia permanente con
respecto a las transformaciones públicas. Si hubiésemos siquiera
manejado nuestros asuntos domésticos en nuestra administración anterior,
conoceríamos el curso de los negocios públicos y su mecanismo, y
gozaríamos también de la consideración personal que impone a los ojos
del pueblo cierto respeto maquinal que es necesario conservar en las
revoluciones. He aquí por qué he dicho que estábamos privados hasta de
la tiranía activa, pues que no nos era permitido ejercer sus funciones.
Los americanos, en el sistema español que está en vigor, y quizá con
mayor fuerza que nunca, no ocupan otro lugar en la sociedad que el de
siervos...»
Razones
que explicaban no sólo las causas de las rebeliones del presente sino
sus arqueologías: los trece levantamientos campesinos de Cajamarca, los
Comuneros de Nueva Granada , o la comandada por el mulato José Leonardo
Chirinos.
Con la creación de las Juntas Americanas fomentadas por la invasión
napoléonica a la península, otro elemento justificaba, desde el punto de
vista bolivariano, la Independencia. Bolívar afirma, siguiendo el
argumento desarrollado por Servando Teresa de Mier Noriega y Guerra en
Historia de la Revolución de la Nueva España, que en las Leyes de Indias
existía un pacto explícito mediante el cual todo pueblo americano, por
ser reconocido igual al español, podía adoptar el gobierno que le fuera
necesario y oportuno, e incluso, independizarse de la metrópoli:
«El
emperador Carlos V formó un pacto con los descubridores, conquistadores
y pobladores de América, que como dice Guerra, es nuestro contrato
social. Los reyes de España convinieron solemnemente con ellos que lo
ejecutasen por su cuenta y riesgo, prohibiéndoseles hacerlo a costa de
la real hacienda, y por esta razón se les concedía que fuesen señores de
la tierra, que organizasen la administración y ejerciesen la judicatura
en apelación, con otras muchas exenciones y privilegios que sería
prolijo detallar. El Rey se comprometió a no enajenar jamás las
provincias americanas, como que él no tocaba otra jurisdicción que la
del alto dominio, siendo una especie de propiedad feudal la que allí
tenían los conquistadores para sí y sus descendientes. Al mismo tiempo
existen leyes expresas que favorecen casi exclusivamente a los naturales
del país originarios de España en cuanto a los empleos civiles,
eclesiásticos y de rentas. Por manera que, con una violación manifiesta
de las leyes y de los pactos subsistentes, se han visto despojar
aquellos naturales de la autoridad constitucional que les daba su
código.»
Días
después escribe, con el seudónimo de El Americano, a Alejandro Aikman,
de Real Gazette, insistiendo en el carácter social de las Repúblicas
vencidas, que por su aislamiento de las masas de desposeídos y esclavos,
permitió a los españoles desencadenar una guerra fratricida para
responder a las necesidades separatistas de los Criollos:
«...
pero por un proceso bien singular se ha visto que los mismos soldados
libertos y esclavos que tanto contribuyeron, aunque por la fuerza, al
triunfo de los realistas, se han vuelto al partido de los independientes
que no habían ofrecido la libertad absoluta, como lo hicieron las
guerrillas españolas. Los actuales defensores de la independencia son
los mismos partidarios de Boves, unidos ya con los blancos Criollos, que
jamás han abandonado esta noble causa.»
El tema
central de las cartas, sin embargo, es la urgente necesidad de unidad de
América [Latina], —a través de la creación de gobiernos centrales
fuertes—, para formar una sola nación a fin de culminar las luchas
independentistas. Ideas que ampliará en la apertura al Congreso de
Angostura y en los documentos que hacen referencia al Congreso
Anfictiónico de Panamá.
En Angostura, Bolívar da al régimen patriota una base legal. En la
sesión inaugural pronuncia el célebre discurso donde declara que un
sistema de gobierno, basado en principios republicanos y
representativos; cuyo paradigma sean las instituciones de la antigüedad
clásica, rediseñadas en las funciones jurídico-políticas de la
constitución británica, suprimiendo privilegios, aboliendo la
esclavitud, con elecciones por sufragio censatario, un ejecutivo fuerte
central y un parlamento aristocrático, es lo que mejor conviene al
momento de las nuevas repúblicas.
Más que aspirar a "rey sin corona", supo que sólo mediante la creación de un inmenso
estado, formado por las antiguas naciones del imperio español en
América, controlado por una presidencia vitalicia no hereditaria, —es
decir él—, las nuevas naciones saldrían del atraso colonial. Las
extensas dictaduras —que prolongaron el diecinueve hasta bien entrado el
siglo veinte— dieron razón, histórica, a los razonamientos de Angostura
y a la Constitución de Bolivia.
La constitución boliviana refleja esa mezcla de autoritarismo y hondo
republicanismo de caracteriza su pensamiento político. Había que
implantar el orden y luego reformar la Constitución para consagrar las
libertadas alcanzadas. Sus enemigos le acusaron de tirano porque
necesitaban naciones de bolsillo, cortadas y cosidas a la medida de sus
ambiciones, repúblicas de papel, aéreas, como había escrito en Jamaica.
El período de creación de la inmensa patria latinoamericana establecía,
además del presidente vitalicio, la igualdad ante la ley, la separación
del Estado y la religión, y libertad de cultos, con una Suprema Corte y
una Cámara de Censores donde las opiniones del pueblo serían oídas para
adelantar, las reformas sociales y políticas, que las necesidades de la
hora fuesen demandando. La Cámara de los Tribunos —representantes
directos del pueblo— crearía los impuestos, señalaría las necesidades,
juzgaría las conveniencias de las instituciones, decretaría la paz y la
guerra, establecería el sistema monetario, las alianzas con extranjeros,
etc.
Nueve años después de la Carta de Jamaica, con representantes de México,
Centroamerica, Colombia y Perú, y la asistencia de observadores
británicos y norteaméricanos, se instaló el Congreso de Panamá. Daba así
los primeros pasos para realizar la utopía que había expuesto en 1815:
«Es una
idea grandiosa —decía a Henry Cullen — pretender formar de todo el Nuevo
Mundo una sola nación con un solo vínculo, que ligue sus partes entre sí
y con el todo. Ya que tiene un origen, una lengua, unas costumbres y una
religión, debería, por consiguiente, tener un solo gobierno que
confederase a los diferentes Estados que haya de formarse; [...] Qué
bello sería que el Istmo de Panamá fuese para nosotros lo que el de
Corinto para los griegos! Ojalá que algún día tengamos la fortuna de
instalar allí un augusto congreso de los representantes de las
repúblicas, reinos e imperios, a tratar y discutir sobre los altos
intereses de la paz y de la guerra, con las naciones de las otras partes
del mundo...»
Del 22
de junio al 15 de julio de 1826 sesionó el congreso, cuyos resultados
fueron en la práctica ningunos. Su idea de una sociedad de naciones
hermanas , tiene hoy tanta vigencia como ayer.
Las cartas, el más vasto mural de sucesos y personajes de veinte años de
acción y reflexión sobre el destino de América, con agudas observaciones
sobre el acontecer y de análisis de la íntima condición de los actores,
amigos y adversarios, tocan las melodías de los afectos, del odio a la
amistad, de la tristeza a la resignación. Como crítico literario dejó
dos de ellas, escritas en Cuzco, sobre el canto La victoria de Junín de
José Joaquín Olmedo, que inauguran la crítica moderna.
Olmedo escribió pocos poemas de valor, —dos de ellos sobre la muerte de
la Princesa de Asturias y la prisión de los reyes españoles—, pero la
figura de El Libertador y la poca calidad de los poemas dedicados al
héroe, le han permitido figurar en antologías y programas escolares.
Tuvo mayor entusiasmo por la política. Fue diputado en las Cortes de
Cádiz, Triunviro, Ministro plenipotenciario en Londres y París, primer
vicepresidente del Ecuador, candidato a la presidencia, etc., y puso
luego su estro al servicio de la gloria del General Juan José Flórez,
primero de los presidentes del Ecuador independiente de Gran Colombia,
proclamación que él mismo hizo el 13 de mayo de 1830, siete meses antes
de la muerte del Libertador.
A fin de complacer a el Libertador, a quien se había opuesto hasta
entonces como Triunviro de Guayaquil, que le recomendó dedicar algún
poema a los últimos triunfos de los patriotas, exigiéndole que su nombre
no apareciese, compuso Olmedo el Canto a Junín. La batalla, que duró
cuarenta y cinco minutos y donde no se disparó un solo tiro, enfrentó
las Caballerías de Gran Colombia, Perú y Argentina, comandadas por el
Libertador en persona, y la Caballería española, comandada por el
francés general Canterac, tuvo como héroe al bisabuelo materno de
Borges, teniente coronel Manuel Isidoro Suárez, comandante del escuadrón
Húsares del Perú.
A pocos días de recibir el texto inédito, con dos cartas más, el
Libertador responde a Olmedo el 27 de junio. . La sordina del
Libertador, indicando al autor su apego a los modelos menos que al
asunto, vicio propio de quien desea asombrar sin preocuparse de los
aciertos, continua de este tenor:
«Todos
los calores de la zona tórrida, todos los fuegos de Junín y Ayacucho,
todos los rayos del Padre de Manco Cápac, no han producido jamás una
inflamación más intensa en la mente de un mortal . Usted dispara donde
no se ha disparado un tiro; usted abraza la tierra con las ascuas del
eje y de las ruedas de un carro de Aquiles, que no rodó jamás en Junín;
usted se hace dueño de todos los personajes: de mí forma un Júpiter; de
Córdoba, un Aquiles; de Necochea, un Patroclo y un Ayax; de Miller, un
Diomedes; y de Lara, un Ulises. Todos tenemos nuestra sombra divina y
heroica, que nos cubre con sus alas de protección como ángeles
guardianes . Usted nos hace a su modo poético y fantástico, y, para
continuar en el país de la poesía la ficción de la fábula, usted nos
eleva con su deidad mentirosa, como el águila de Júpiter levantó a los
cielos a la tortuga para dejarla caer sobre una roca que le rompiese sus
miembros rastreros; usted, pues, nos ha sublimado tanto que nos ha
precipitado al abismo de la nada, cubriendo con una inmensidad de luces
el pálido resplandor de nuestras opacas virtudes.
Así, amigo mío, usted nos ha pulverizado con los rayos de su Júpiter,
con la espada de su Marte, con el cetro de su Agamenón, con la lanza de
su Aquiles y con la sabiduría de su Ulises.
Si yo no fuese tan bueno, y usted no fuese tan poeta, me avanzaría a
creer que usted había querido hacer una parodia de la Ilíada con los
héroes de nuestra pobre farsa. Mas no; no lo creo. Usted es poeta, y
sabe bien, tanto como Bonaparte, que de lo heroico a lo ridículo no hay
más que un paso, y que Manolo y el Cid son hermanos, aunque hijos de
distintos padres.
Un americano leerá el poema de usted como un canto de Homero, y un
español lo leerá como un canto del Facistol de Boileau.»
Según
Olmedo su propósito era hacer que la musa del canto recorriera los
campos de batalla y acompañando a los combatientes triunfantes,
describiera la derrota del enemigo. Durante la celebración de la
victoria una voz anuncia la aparición del Inca Huaina-Cápac, emperador,
sacerdote y profeta, que luego de lamentar la muerte de sus hijos y el
horror de la conquista, celebra la gloria de Junín y anuncia la próxima
victoria de Ayacucho, mencionando, de paso, al Libertador, que luego de
la derrota definitiva de los realistas, evitará restablecer otro imperio
, y unirá los pueblos libres . Cuando el inca concluye su intervención,
un coro de vestales entona alabanzas al sol, ruega por la salud del
imperio y la gloria del Libertador. Un segundo canto debía ampliar,
luego de las reseñas que hizo el Libertador, el poema: una suerte de
contraste a las escenas de guerra y violencia, con evocaciones de los
tiempos de paz, visiones eufóricas del campo y sus gentes, labores,
juegos, danzas y cantares, agregando un nuevo vaticinio. Pero ya había
perdido el impulso político que le llevó a la redacción de las versiones
originales, y su relación con el Libertador se había enfriado.
Las versiones del poema que conocemos están fechadas en 1825 y 1826. La
primera tiene 824 versos, la segunda, 909. Los modelos que usó fueron
Horacio, Virgilio, Píndaro, Homero, Lucrecio y Herrera. Como Quintana,
Olmedo imitó en los poetas clásicos lo que las traducciones o las
lecturas en lenguas muertas ofrecen: un arquetipo. De ellos toma las
divagaciones, el plan, la división en estrofas, antistrofas y épodos.
Fórmulas de difícil conciliación con las ideas modernas que de alguna
manera reposaban en la mente del ecuatoriano, que pudo ser todo, menos
helenista, estado inalcanzable. Para el Libertador, como para cualquier
lector avisado, tantas liras sonorosas, hondos valles, negros avernos,
inflamadas esferas, truenos horrendos, águilas caudales, corceles
impetuosos, alazanes fogosos y mares undosos ahogaban la historia y las
incoherentes propuestas ideológicas del canto. A ello hace referencia en
su segunda carta a Olmedo, del 12 de julio, respondiendo a sus
justificaciones.
El Libertador recurre en esta carta a los conocimientos literarios de
Simón Rodríguez, que le acompañaba entonces, seguro inspirador de la
respuesta a Olmedo y de algunos de los decretos que expidió en Cuzco
sobre la enseñanza, los derechos y la repartición de tierras entre los
indígenas, el socorro y educación de los huérfanos, el censo agrícola,
la exploración geográfica y mineralógica de Bolivia o la preservación de
las aguas y conservación de bosques.
«He
oído que un tal Horacio escribió a los Pisones una carta muy severa, en
que castigaba con dureza las composiciones métricas; y su imitador, M.
Boileau, me ha enseñado unos cuantos preceptos para que un hombre sin
medida pueda dividir y tronchar a cualquiera que hable muy mesuradamente
en tono melodioso y rítmico. [...]»
Más que
a Horacio el Libertador sigue a Boileau, cuya Arte Poética gozó de
enorme popularidad entre los educadores, pedantes y dogmáticos
franceses. Boileau fue un procurador que considera la poesía un arte de
la razón y el buen sentido, exigiendo arquetipos universalizantes que
relegaran a un lugar secundario toda característica nacional y de época
a los héroes poéticos. Cortar las alas de la fantasía fue otra de sus
consignas.
La medula de la crítica al poema de Olmedo reside en ese criterio. El
poeta no debe dejar volar la fantasía cuando la realidad que se canta ha
sido otra. Las opiniones del Libertador habrían resultado equivocadas de
haber Olmedo sido un gran poeta. Pero aquí van como anillo al dedo. Por
querer el ecuatoriano opacar la gloria del Libertador, se inventó una
máquina fantástica que surge desde el cielo para servir de muñeco de
ventrílocuo a las pobres ideas y envidias del Olmedo político. Y el
Libertador entonces le da unos cuantos palos: ha debido guardar, como
Virgilio, el poema por nueve años; hay desproporción en las partes,
prolijidad y pesadez en el canto de los sucesos, el interés se desvia
hacia un personaje secundario.
«Después de esto, Vd. debió haber dejado este canto reposar como el vino
en fermentación para encontrarlo frío, gustarlo y apreciarlo. La
precipitación es un gran delito en un poeta. Racine gastaba dos años en
hacer menos versos que Vd., y por eso es el más puro versificador de los
tiempos modernos. El plan del poema, aunque en realidad es bueno, tiene
un defecto capital en su diseño.»
Lo
cierto es que desde el título del Canto a Junín, una serie de
equivocaciones en la composición de este tipo de poemas dan razón al
Libertador, así se apuntale en las ideas de Horacio y Boileau. Según
Horacio, en la poesía, como en la pintura, debía haber unidad y
simplicidad; el poeta tenía que elegir temas adecuados a sus
capacidades; las cosas deben decirse oportunas en el momento oportuno;
Homero demostró que al tratar de reyes y guerras, los tonos elegiacos,
cómico y trágico debían permanecer separados; la elección de un
personaje real o inventado se correspondería con sus acciones y
palabras; la fuente y manantial del buen escribir es la sabiduría, etc.
«Vd. ha
trazado un cuadro muy pequeño para colocar dentro un coloso que ocupa
todo el ámbito y cubre con su sombra a los demás personajes. El Inca
Huaina Cápac parece que es el asunto del poema; él es el genio, él la
sabiduría, él es el héroe, en fin. Por otra parte, no parece propio que
alabe indirectamente a la religión que lo destruyó; y menos parece
propio aún que no quiera el restablecimiento de su trono por dar
preferencia a extranjeros intrusos, que aunque vengadores de su sangre,
siempre son descendientes de los que aniquilaron su imperio: este
desprendimiento no se lo pasa a Vd. nadie. La naturaleza debe presidir a
todas las reglas, y esto no está en la naturaleza. También me permitirá
Vd. que le observe que este genio Inca, que debía ser más leve que el
éter, pues que viene del cielo, se muestra un poco hablador y embrollón,
lo que no le han perdonado los poetas al buen Enrique en su arenga a la
reina Isabel, y ya Vd. sabe que Voltaire tenía sus títulos a la
indulgencia, y, sin embargo, no escapó de la crítica.
La introducción del canto es rimbombante: es el rayo de Júpiter que
parte a la tierra a atronar a los Andes que deben sufrir la sin igual
fazaña de Junín. Aquí de un precepto de Boileau, que alaba la modestia
con que empieza Homero su divina Ilíada; promete poco y da mucho. Los
valles y las sierras proclaman a la tierra: el sonsonete no es lindo; y
los soldados proclaman al general, pues que los valles y la sierra son
los muy humildes servidores de la tierra. [...] »
Siendo
el asunto del poema la libertad del Perú, decidida en Ayacucho, donde no
estuvo el Libertador, pero anunciada en Junín, Olmedo, con la ayuda del
delirio de Huaina Cápac diluye tanto las supuestas acciones
extraordinarias de las batallas como la gloria del Libertador. Para el
lector de su tiempo era imposible crear unidad de lugar con un personaje
histórico que sólo había estado en uno de los lugares, en batallas que
se habían realizado a seis meses de distancia una de otra, en parajes
distintos y al mando de diferentes generales. La aparición del Inca,
como bien anota el Libertador, no puede ser tomada en serio, máxime si
este considera a los Criollos en lucha contra el Peninsular, vengadores
de los conquistados, a quienes en ese momento, ciertamente, ignoraban.
Los Incas no triunfaron en Junín ni en Ayacucho. De allí de nuevo la
sorna del Libertador al recomendar a Olmedo enterarse de cómo Milton y
Pope habían compuesto sus obras basados en el conocimiento de Homero,
Horacio y Virgilio:
«La
torre de San Pablo será el Pindo de Vd. y el caudaloso Támesis se
convertirá en Helicona: allí encontrará Vd. su canto de esplín, y
consultando la sombra de Milton hará una bella aplicación de sus diablos
a nosotros. Con las sombras de otros muchos ínclitos poetas, Vd. se
hallará mejor inspirado que por el Inca, que, a la verdad, no sabría
cantar más que yaravís. Pope, el poeta del culto de Vd., le dará algunas
lecciones para que corrija ciertas caídas de que no pudo escaparse ni el
mismo Homero. Vd. me perdonará que me meta tras de Horacio para dar mis
oráculos: este criticón se me indignaba de que durmiese el autor de la
Ilíada, y Vd. sabe muy bien que Virgilio estaba arrepentido de haber
hecho una hija tan divina como la Eneida después de nueve a diez años de
estarla engendrando; así, amigo mío, lima y más lima para pulir las
obras de los hombres. [...]»
Al
final reconoce el esfuerzo del guayaquileño para versificar, arrebatado
tanto por la musas, que confunde, como buen romántico en abuso de y
carente de sabiduría, los actos de Sucre con los de Aquiles, los gestos
del Libertador con los de Turno y Eneas, y el elogio al soldado La Mar
con el que hizo Homero al civil Mentor, —viejo amigo, protector, maestro
y guía de Telémaco—, ahondando, así, en las críticas que había hecho el
27 de junio:
«Confieso a Vd. humildemente que la versificación de su poema me parece
sublime: un genio lo arrebató a Vd. a los cielos. Vd. conserva en la
mayor parte del canto un calor vivificante y continuo; algunas de las
inspiraciones son originales; los pensamientos nobles y hermosos; el
rayo que el héroe de Vd. presta Sucre es superior a la cesión de las
armas que hizo Aquiles a Patroclo. La estrofa 130 es bellísima: oigo
rodar los torbellinos y veo arder los ejes: aquello es griego, homérico.
En la presentación de Bolívar en Junín se ve, aunque de perfil, el
momento antes de acometerse Turno y Eneas. La parte que Vd. da a Sucre
es guerrera y grande. Y cuando habla de La Mar, me acuerdo de Homero
cantando a su amigo Mentor: aunque los caracteres son diferentes, el
caso es semejante; y, por otra parte, ¿no será La Mar un Mentor
guerrero?[...]»
es hoy
el poema de Olmedo. Todo en él está envejecido, su retórica era ya
caduca en su tiempo, y sus alegorías, símbolos ilegibles del ayer. |