|
Una generación desencantada:
Los poetas colombianos de los años setentas En mil novecientos setenta y cuatro, el Banco de Colombia publicó dos volúmenes titulados Antología crítica de la poesía colombiana (1874-1974), de Andrés Holguín. Banco y antología celebraron cien años de capitalismo canonizando sesenta y cinco poetas, dieciocho de los cuales fueron agrupados bajo el lema: Los últimos poetas. En otras ocasiones me he referido al Nadaísmo. Baste ahora repetir que poco queda de tanto papel impreso y que varios de sus activistas, que considerábamos dignos de la memoria hace diez años, están erosionados por la historia. Se puede leer, por ejemplo, de la misma manera a X-504 cuando se ha convertido en Jaime Jaramillo Escobar? Creo que Jaramillo Escobar enterró a X-504, dejando al Nadaísmo en una orfandad absoluta.
Cuando X-504 publicó en 1969 Los poemas de la ofensa, que venía de ganar el año anterior el premio de poesía nadaísta Clasius Clay, sólo unos pocos espíritus atentos cayeron en cuenta de lo que había sucedido a la poesía llamada colombiana. Guillermo García Niño, un poeta hoy olvidado, celebró su aparición en una nota de Lecturas Dominicales de El Tiempo de Marzo de ese año, retando, precisamente a Gonzalo Arango Arias, a darse cuenta de la magnitud de los poemas que contenía el libro. Desde entonces Jaime Jaramillo Escobar, que se encubría en un seudónimo de "placa de carro", es uno de los mas notables poetas de la lengua.
Cuando Jaramillo Escobar ganó ese premio de poesía nadaísta vivía en Barranquilla y nunca cobró los cinco mil pesos que ofrecían. Tenía treinta y seis años, muchos de los cuales llevaba ya trajinados por buena parte de Colombia y varios de los pueblos de su Antioquia natal. Nacido en Pueblorico un 25 de Mayo de 1932 bajo el signo de Géminis, es el mayor de seis hermanos hijos de Amalia y Enrique, ambos de Urrao, hizo sus estudios de primaria en Altamira y luego el bachillerato en Andes, en el Liceo Juan de Dios Uribe, alejado de su familia que se había regresado al pueblo de sus padres, a quienes veía poco porque para llegar hasta el caserío había que tomar primero un caballo que lo llevara hasta el río Cauca, luego un tren hasta Bolombolo y a continuación un bus de escalera que llegaba hasta Andes. Allí conoció a Gonzalo Arango y leyó en todos los libros que había en el colegio porque como no podía ir durante las vacaciones a Urrao el rector del liceo le dejaba la llave del plantel y en compañía de un celador que los cuidaba a ambos. Con tan mala suerte que antes de terminar el bachillerato le cancelaron la matrícula y no pudo hacerse bachiller; teniendo que aceptar el cargo de secretario de la inspección de policía de Altamira, que fue asaltada por la guerrilla liberal de entonces y el poeta en ciernes hubo de irse a Medellín, junto a su familia, como otros mas de los desplazados de la violencia colombiana. Para 1953 el poeta estaba trabajando como técnico de las viejas computadoras IBM en la alcaldía mayor de Bogotá y aburrido del frío capitalino se mudó a Cali, donde ha escrito tres de sus principales libros. “Todo el mundo se iba para Cali, porque allá dizque vivía el diablo”. A Bogotá volvió en el 62 y en Barranquilla pasó los años finales de los sesentas. Los setentas los pasó en Bogotá de nuevo en una agencia de publicidad de la cual fue socio con Gabriel Urrea Gómez: O:P: Institucional Ltda. Quebrada la empresa, el poeta se fue a vivir con su pobreza a Cali hasta que Darío Jaramillo Agudelo le invitó a hacer un taller de poesía en la Biblioteca Piloto de Medellín, donde todavía vive y trabaja. Sorprende cómo en una sociedad y unas escuelas literarias como las colombianas de mediados del siglo pasado, que entendían, de muchas maneras, el propósito último de las vanguardias y los vanguardismos como un elogio del progreso y los llamados avances de las tecnologías, Jaime Jaramillo Escobar decidiera ignorar los lenguajes del presente y navegar por las aguas arriba de las edades eternas, haciendo de los ritos y sus movimientos, la forma de su poesía. Los poemas de la ofensa es un libro en el cual predominan los temas eternos a la búsqueda de un presunto destino a la existencia, con un desencanto e ironía encarnadas en parábolas y simbolismos que dan cuerpo y dejan entrever una visión maldita del hombre, esa criatura deplorable, peligrosa víctima de sus propios engendros del mal, los crímenes y las guerras. La muerte, en últimas, como lo más banal y cotidiano de nuestra existencia, porque de lo que se trata verdaderamente en la vida es de la carne y del espíritu, es decir, del cuerpo, donde se suman y se restan todas las posibilidades del poema, allí donde yace su origen y su fin. Un largo recorrido por las apariencias de la muerte y los males del hombre culminan en los poemas de Jaramillo Escobar, los de ayer y los de hoy, en la celebración de la carne y sus lenguajes. Desde los Poemas de la ofensa, hasta sus libros más recientes, así su decir se haya ido extendiendo hasta llegar casi que a una narrativa de juglar, los argumentos que han interesado a Jaramillo Escobar bordean zonas como el regusto por lo mórbido, la vida errante y marginal, los climas tropicales, la exaltación de los comportamientos y formas de la belleza de la raza negra y la burla y el sarcasmo de las pasiones eróticas. Los decorados de estos asuntos serán unas veces lugares de miseria y ruina, abandonadas estaciones de ferrocarril, viejas y empolvadas y mugrientas oficinas estatales, prisiones, remotas playas paradisíacas y calurosos lugares de la selva y el mar Pacífico, que en comparación con aquellos lugares citadidos, ofrecen al poeta una comunicación directa con el corazón y la medula de la poesía. ¿Qué sucedió en Colombia entre 1930 y 1970, año en el cual iniciaron sus publicaciones estos poetas? No hay que hacer mucha memoria para recordar cómo de un país patriarcal fuimos pasando a un capitalismo sin rostro, a una nación que desaparece. La naturaleza, los campos, los antiguos núcleos familiares se han convertido en ese doloroso país que fue surgiendo en medio de los cientos de miles de muertos de La Violencia. El desplazamiento de grandes grupos humanos hacia las cabeceras de los departamentos nos ha deparado esas caricaturas de ciudades de hoy que hacinan a miles de seres sin educación ni ingresos y sin sentido de la nacionalidad. La Generación de Mito, mejor, su creador, vislumbró el fracaso que vivimos. En La revolución invisible (1959), Jorge Gaitán Durán, refiriéndose a su revista con ocasión de un comentario de Hernando Telléz, según el cual lo publicado en Mito resultaba al establecimiento «fastidioso e intranquilizador o incomprensible», hizo un retrato de un prolongado presente: «No podía esperarse otra cosa de un ambiente en donde para hacer carrera hay necesidad de cumplir inexorablemente ciertos requisitos de servilismo, adulación e hipocresía y donde ingenuamente las gentes confunden estos trámites, esta ascensión exacta y previsible, con la política. Sin duda el fenómeno del arribismo se produce en todas partes y no sólo en el ajetreo electoral, sino también en la vida económica y en la vida cultural, pero aquí ha tomado en los últimos tiempos características exacerbadas y mórbidas, cuyo estudio sería interesante y tendría quizás que empezar por la influencia que la aguda crisis de estructura del país y consiguientemente de los partidos políticos ejerce sobre el trato social, sobre la comunicación en la existencia cotidiana. Resulta significativa la frase que un político de las nuevas generaciones usa a menudo: Voy a cometer mi acto diario de abyección, fórmula que exhibe la decisión -en otros casos furtivamente de obtener a todo trance un puesto de ministro, de parlamentario, de orientador de la opinión pública, en fin, de ser alguien, de parecer. Su humor es una coartada; intenta cubrir el desarrollo ético con el confort ambiguo y efímero del lenguaje. Se trata de un sorelismo ciego y satisfecho, cuyos objetivos dependen de algún destino ajeno e imperial. El oportunismo de Julián Sorel es lúcido, torturado, solitario y más eficaz a la larga. En nuestra América el héroe empeñoso de Rojo y Negro hubiera llegado a ser presidente de la república.» El país ha vivido la más devastadora de las épocas desde la Guerra de los Mil Días, con el agravante mencionado antes: la desaparición de la nacionalidad. Para los poetas de la Generación Desencantada no hubo, como podrá verse después en los textos, un país al cual asirse. La educación que recibieron (no solo ellos, sino su generación) fue mezquina y atrofiante, y viniendo de distintos estratos sociales, el hilo que los une es la desolación frente al presente y la nostalgia de un país que, por supuesto, nunca existió.
José Manuel Arango (1933-2002) nació en Carmen del Viboral, un centro agrícola y artesanal del noroccidente de Colombia. Allí pasó su niñez acompañando a su abuelo en las tareas de siembra y cosecha del maíz. Hizo estudios de filosofía en la Universidad Pedagógica de Tunja, una villa colonial del altiplano donde habían vivido los Muiscas. Allí se casó y tuvo dos de sus hijos. En la Universidad de West Virginia hizo una maestría en filosofía y literatura durante el apogeo de las contraculturas y el jipismo y que le permitió conocer de cerca de poetas como Ezra Pound, Wallace Stevens o William Carlos Williams. Fue profesor de lógica simbólica y filosofía del lenguaje en la Universidad de Antioquia, región donde vivió el resto de su vida, en una casa de campo en Copacabana, acompañado por dos perros y una vaca y la incesante visita de sus amigos. Tímido y desinteresado en la divulgación de su obra (“tenía un silencio hospitalario cruzado de acordes sabios y oportunos –ha escrito William Ospina--, los destellos de una inteligencia del corazón que casi nunca se apresuraba a hacer juicios y que casi siempre entregaba verdades largamente pensadas y mas largamente sentidas”) sería hoy desconocida si no hubiese hecho parte de la redacción de una revista, donde más que publicar sus versos servía de traductor. Arango consideraba la poesía una suerte de indagación al fondo de la experiencia individual y colectiva, que llevando a cuestas nuestras concepciones del mundo de las ideas y la historia, nos conduciría a las lindes de la gracia, o la sobrenaturaleza de Lezama Lima: fuerzas que se sienten ante la presencia de un árbol, un niño, un pájaro o el amor. Su primer libro, En este lugar de la noche, se publicó en 1973, cuando tenía treinta y seis años. La edición, pobre y mal cuidada, no impidió que algunos espíritus atentos, como Andrés Holguín, vieran en sus poemas la novedad que traían. En este lugar de la noche era un libro desigual, desorganizado, tipográficamente mal distribuido y con grandes descuidos sintácticos. Arango quiso dejar impreso el ritmo de su habla. Pero en este libro maravilla el tono, la visión. Su rasgo determinante es el uso que da, a metáforas virgilianas, para nombrar las cosas y los hombres. La ciudad, esas ciudades miserables que son nuestras capitales de provincia, han quedado levantadas por este maestro de obra del verbo.
(Baldío) Siempre se me ha ocurrido que José Manuel Arango imagina murales. Viendo los frescos de Rivera, en México, recordaba de los textos de Arango. Pero seguro estoy equivocado y es posible que él no sea consciente de esta manera de agregar al mundo unos murales donde la pobreza es cantada en alto tono. Aun cuando una buena parte de la poesía de Arango está dedicada al erotismo, un erotismo nada expedito, como en algún otro poeta, sus textos son siempre una mano que toca la piel de la mujer, más que actos amorosos o fornicaciones. Arango se complace en recrear el ojo sobre el talle de una negra, o los labios de una mulata, y es raro ver en sus versos alguna muchacha mestiza o blanca. Arango se ha ocupado también de bosquejar a los extrañados, los abandonados, los solitarios, pintando la ruina de la vejez:
(Asilo) Uno de sus mejores poemas es: Una pasado Meridiano. En él recorre no los barrios bajos sino el centro de la ciudad. Soldados, notarías, casas de citas, funerarias, pirueteros, mendigos, son los habitantes de ese mundo. La manera de elegir y colocar los sujetos es eficaz en estos poemas que aparecieron en Signos (1978).
La poesía de Arango tiene otro rasgo definitorio: no sirve de moral. El lector debe sacar sus conclusiones de los asuntos que el poeta, como un socrático, propone. Pero Arango sabe de qué habla. Y sin añorar el pasado uno de sus textos sitúa ideológicamente el tiempo que le ha tocado vivir.
(El Señor)
Al publicar en 1972 uno de sus libros capitales, Duración y leyenda, Giovanni Quessep puso como epígrafe unos versos de don Antonio Machado que resumían toda su postura poética:
Se proponía así, la tradición y ruptura que iba a ser el signo de los poetas de los setentas, mejor conocidos como Generación desencantada. Tradición pues Quessep representa el retorno a ciertas concepciones del poema que parten del Nocturno de José Asunción Silva y tienen su cumbre en Morada al Sur, de Aurelio Arturo. Unas temáticas y tonos ciertamente muy colombianos, si es posible la existencia de ellos. Narración y leyenda que venían igualmente de Jorge Luís Borges, a quien también leyeron todos los poetas de los setentas. Para el Giovanni Quessep de esos años la poesía, Flor de Loto, era la consubstanciación de otras posibles realidades que se opondrían, mediante la encarnación de las leyendas y las fantasías del hombre, a un mundo de crueldad y miseria y hambres que es la historia del hombre. Un mundo hecho de la derrota del hombre por los dioses. Pero dueños de las palabras para librarse de esas desdichas. Apolo y Dionisos presiden con toda su fuerza y equilibrio esta poesía. El fuego y el canto de Orfeo también, pero siempre la duermevela del ensueño conduciendo la vida y lo real. Giovanni Quessep ha urdido con Homero, el oriente, Dante, la rosa, el ruiseñor, Shakespeare, Alicia en su país de maravillas, Omar Kayyan, Babilonia, China, Biblos, Darío, Borges, Penélope, Orfeo, Violeta y Claudia un artilugio que se sostiene con los arquitrabes del soneto, el endecasílabo, el cuarteto, la canción, el madrigal, la elegía o el verso libre, para hacernos “creer que el poema debe ser una metáfora del alma: metáfora de sus maravillas y de sus terrores, de sus cielos y de sus abismos, esto es, la transfiguración de la realidad, lo que no constituye el olvido de la misma, sino su afirmación más profunda. Aun el yo lírico es del reino de las fábulas”. Casi nada sabemos de la vida de Giovanni Quessep Esguerra, nacido un 31 de Diciembre de 1939 en un olvidado pueblo de la costa norte de Colombia: San Onofre, al que sólo podía accederse por mar, desde un pequeño puerto llamado Berrugas, adonde llegaban los viajeros sobre la espalda de los descendientes de esclavos y en barcos de vela emprendían una odisea de mas de cuatro horas para llegar hasta Cartagena o hasta Tolú, donde al fin podían tomar algún vehículo para continuar la marcha. El padre del poeta, aun cuando nació en Cartago, en el Valle del Cauca, fue llevado a la edad de dos años a la tierra de sus padres, el Líbano, donde permaneció hasta los veinticinco años, cuando regresó a Colombia como empresario de cine, proyectando filmes en los desolados pueblos de Sucre corriendo peligros de muerte al enterarse, los espectadores, que los actores de las películas no habían muerto en la cinta anterior y seguían vivos en la que estaban viendo. Las películas de vaqueros dejaron huella en la imaginación del vate, así como las durezas de la vida cotidiana en esas regiones de olvido, cargando por largos trechos vasijas con agua o buscando la leña para la comida. Y la violencia.
Los libros que Giovanni Quessep frecuentó en su niñez y juventud fueron la Comedia del Dante, que le obsequió Gabriel Porras Troconis, por ser buen estudiante en el Colegio San Pedro Claver de Cartagena cuando tenía diez años; el Quijote y Las mil noches y una, que conoció a través de un hermano de su madre, en una versión de Enrique Gómez Carrillo de la traducción de Antoine Galland profusamente ilustrada. Poeta inspirado, Quessep escribió su primer poema a los catorce años, ceñido a los metros y las rimas que tanto conoce. Al llegar a Bogotá para continuar sus estudios hizo amistad con Aurelio Arturo y asistió junto a Jorge Gaitán Durán a los cursos que ofrecía don Jorge Guillén sobre la poesía del siglo de oro y la generación de 1927. Arturo le haría conocer a Ludovico Ariosto. Luego irá a Italia, donde aprendió la lengua de Dante. Vive en Popayán hace casi treinta años, exiliado, prácticamente.
Giovanni Quessep es hoy por hoy uno de los grandes poetas nacidos en Colombia, y su obra, el testimonio de una de las mas desoladoras épocas que hemos vivido todos los hombres todos los tiempos.
Hija de Eduardo Carranza y Rosita Coronado, María Mercedes Carranza nació en Bogotá en 1945 pero en 1951, cuando tuvo seis años, se trasladó a Madrid, donde su padre había sido nombrado diplomático ante el gobierno de Francisco Franco.
Siete años después, a los trece, regresa a Bogotá y termina su bachillerato en el Nuevo Gimnasio. En 1965 hace otro viaje a Europa y visita por primera vez Florencia, Roma, Londres y descubre a Georges Simenón, su gran pasión literaria. A mediados de los sesentas ingresa a la Universidad de los Andes donde estudia literatura y filosofía y en 1967 ya dirige la página cultural de El Siglo, el periódico de Laureano Gómez, donde da a conocer a nuevos escritores como Juan Manuel Roca, David Bonells, Cobo Borda, Jaime García Mafla o Ricardo Cano Gaviria. En 1970 casa con el periodista Fernando Garavito y publica sus primer libro Vainas y otros poemas. Con Garavito publicará en Cali el suplemento literario Estravagario. De regreso a la capital de la república es nombrada jefe de redacción del semanario Nueva Frontera de Carlos Lleras Restrepo, donde trabaja al lado de Luís Carlos Galán. En 1986 por iniciativa del entonces presidente Belisario Betancur funda la llamada Casa Silva y gracias a su labor como divulgadora de la poesía es elegida miembro de la Asamblea Constituyente de 1991, en las listas del Movimiento 19 de Abril, que acababa de abandonar las armas.
Carranza publicó varios libros de poemas, pero sigo pensando que lo mejor de su obra está en el número XL de la revista Golpe de Dados, trece poemas desencantados, grises, que llamaron la atención, incluso, de un ex presidente de la república. Vainas, su primer libro, se regodea en impugnar el tono ceremonioso que habían continuado algunos escritores y muchos lectores llegaron a pensar que teníamos en ella una especie de López, pero bogotano. Carranza dice que viene más bien de Nicanor Parra, pero eso también está por verse. Yo encuentro variadas melodías españolas en sus textos. La actitud de rasgar la propia vida frente a la luna del poema es muy castellana y tiene una dilatada tradición. Ni cinismo ni amargura: desencanto y valor para decir las miserias por las que atraviesa una mujer, que es también nosotros. Desolados, los ha calificado la escritora. Lo mejor de su poesía se centra en el desnudamiento de si misma. Nos entrega, con naturalidad, sin alardes de martirio, la decepción de su vida. Por primera vez sucedió algo así en la poesía colombiana y viniendo de un intelectual que era madre, hija y amante -en sociedades tradicionalistas- es extremadamente penosa. Hay que tener mucho coraje para ponerse en escena de la manera como lo hizo Carranza, sin temor al ridículo.
Este fragmento de Patas arriba con la vida es sintomático del mundo que tuvo que enfrentar la joven casi española que terminó su bachillerato bajo el influjo de la Margarita Gautier de Rubén Darío. La joven que se paseaba por París recreando las modas de la Marlene Dietrich de los veinte; que cantaba las letras de Piaff o se transformaba, en las noches de tertulia, en una cortesana o una violetera a sabiendas que todo hace parte de un drama que hay que seguir padeciendo cada mañana, vistiéndose de esa otra que vende un rostro y un comportamiento para sobrevivir.
(El oficio de vestirse) María Mercedes Carranza es una buena muestra, por el tono y las aguas que arrastra, del rumbo que tomó la poesía colombiana a partir de los sesentas, y en ella hay la particularidad de que nada es elegiaco sino tristemente desganado. Se me ocurre que su poesía hace pendant con los cuentos de Policarpo Varón publicados en El falso sueño: Hay un desgano mayúsculo en todos los actos, un desgano que anuncia siempre el fracaso así se luche día y noche, en salones y antesalas, por el éxito. ¿Para qué? y un alzar los hombros son las cenizas de esos textos que en Varón son los fracasos amorosos y en Carranza los fracasos de las ilusiones y la búsqueda incansable de poder.
El 10 de Junio de 2003 se quitó la vida en su casa del barrio La Macarena, quizás en la misma cama donde durante tantos años había contemplado los cerros tutelares de su ciudad, una de las más tristes y peligrosas del mundo.
Raúl Gómez Jattin nació y murió en Cartagena de Indias, hijo de un abogado cuyos antepasados habían sido líderes comuneros en Lorica y lector de Anatole France y Eça de Queiros, y de una hija y nieta de libaneses y sirios, gastó buena parte de su vida deambulando por los pueblos del bajo Sinú, luego de estudiar derecho en Bogotá y haber dirigido más de media docena de obras de teatro y actuado en otras tantas. Como se sabe, sufrió, a causa del abuso con las drogas, de severos trastornos de personalidad que en sus últimos años le llevaron a incendiar cuartos de hoteles, desnudarse en sitios públicos, golpear a sus amigos, etc. Fue asesinado por un chofer de un bus municipal, en Cartagena, donde las gentes del común y no pocos de los que luego se dijeron sus amigos, le odiaban por lúcido, loco y agresivo. Gómez Jattín es el poeta colombiano que mejor representa el desprecio de nuestra sociedad clasista y perversa contra los jóvenes inteligentes. “A los inteligentes los mata Colombia” repetía el poeta. Su primer libro fue Poemas (1980), publicado cuando tenía ya treinta y cinco años. Gómez Jattin consideraba la poesía «un arte del pensamiento que incluye la filosofía; es el arte supremo del pensamiento, es pensamiento vívido, trascendente e inconsciente». La novedad de su lirismo radica en el desparpajo con que retrata las relaciones sexuales entre hombres y con animales, pero también cierta capacidad para dar al lenguaje momentos y significados que denoten los matices de los sentimientos íntimos. “Un amor desmesurado y promiscuo –ha escrito J.G. Cobo Borda-, que recubre hombres y animales, mujeres y paisajes con una sinceridad brutal y conmovedora”. Los amores imposibles, contrariados, con sus encuentros y desencuentros sirven a Gómez Jattin para ofrecer una lectura donde lo sagrado y las trasgresiones cohabitan, dando cuerpo a un erotismo ingenuo y si duda inédito en la poesía colombiana, trascendiendo, con la poesía misma los actos reales, haciendo de ellos un hondo deshojamiento del ser. Nacido en una región que es al tiempo castidad y depravación, ha logrado, en algunos de ellos, decir cuánto placer y dolor depara la satisfacción del placer por los vericuetos de la homoeroticidad, y hablar, también, de las cicatrices que dejan las separaciones y amores no consumados. Poesía de la experiencia que privilegia las pasiones, los afectos y los acontecimientos más que sus posibles interpretaciones desde las ideas. Gómez Jattin no reconstruye solo las violencias tersas de las fornicaciones y sus disparos finales, sino que en otros poemas ofrece arquetipos de una, digamos, dialéctica de las satisfacciones amorosas con la carne prohibida. Kavafis se convierte, entonces, en una arqueología de quien confiesa su pasión a sí mismo, a su extraordinario semejante, a su Narciso de erecto falo y fuerza de macho.
Nacido en la otra capital del país, Juan Manuel Roca nació Medellín, pasó su niñez en París y la pubertad en México. Sin padre poeta, Roca tuvo tío, el poeta Luis Vidales, que sin duda ha influido en la formación del sobrino. Al menos ambos son irracionales en poesía, no respetan ley alguna y son arbitrarios y pendencieros, es decir, vanguardistas. Fanático del Surrealismo, algunos comparan su magisterio con aquel de Vidal Echavarría en los años cuarentas. Echavarría, hoy olvidado, vestía colores que ofendían la gente decente, usaba afro y era un verdadero peligro por sus furias contra todo lo establecido. Roca ha publicado varios libros, todos reunidos en Antología poética (1984). En Roca hay dos manantiales: la demencia de la escritura automática y el acierto para criticar con saña los actos del establecimiento y fue ejemplar en ese oficio. Roca fue la encarnación de un profeta que despreciaba el trabajo como lo entiende el burgués, así no desdeñe ahora los placeres que ofrece este mundo ni haya vendido, del todo, su alma al diablo en una noche de Walpurgis. Creo que los textos de Roca que voy a glosar han sido, entre otros, escritos por periodistas e iluminados durante las administraciones de Alfonso López Michelsen y Julio César Turbay, algunos de los mejores para denunciar las persecuciones de esos gobiernos a los insurgentes del Movimiento 19 de Abril, a los cuales admiraba el poeta entonces:
(Cambio de guardia) Roca recurre aquí al distanciamiento. Puede decirse que este es un poema medieval, que está escrito antes de una peste y que el monje que lo redacta presiente la sustanciación de la vieja tesis de que al mal anteceden visiones del mundo al revés: el siervo castiga al amo, el buey arrastra al agricultor, el ciervo mata al león, etc. El embrujo del texto de Roca es también su picante sabor expresionista, que recuerda algunos de los versos que Georg Heym leía, alucinado por el alcohol, en el Neopathetisches Cabaret de Berlín a comienzos de siglo. Roca ha leyó con furor en Tralk y Kafka: en aquel retumba, muchas veces, una melodía apocalíptica; en este mundo al revés es doctrina. Al estilo de Tralk lo llamó Walter Falk esconsolado. En Roca no hubo solo desconsuelo sino ira. Fue un iracundo, uno de esos furiosos alienados que en las Naves de los Locos bogaban sin puerto en los ríos de Europa bajo noches llenas de cuervos, cantos sin estrellas y días ciegos por el hambre y el impedimento de tocar tierra. Esa furia, pausada, bien dosificada, está en esta carta:
(Una carta rumbo a Gales) En Carta en el buzón del viento no hay mensajero ni destinatario y quien escribe está atrapado, sin salida. Los colombianos, y todo el mundo, saben que no es necesario comentar un texto como este. Todo está muy fresco a nuestro alrededor, la sangre no termina de secarse ni en las paredes, ni en los andenes, ni en las caballerizas, ni sobre las aguas de los ríos.
Hay quienes dicen que la difusión de la poesía de Juan Gustavo Cobo Borda deriva del hecho de haber confeccionado, durante mas de una década, la revista Eco, que editaba Karl Buchholz con apoyo del gobierno de Bonn, y por partida doble, un importante funcionario de la empresa estatal de cultura y del Ministerio de Relaciones Exteriores colombiano. Pocos fueron los estudios formales de Cobo Borda. Parece que intentó, con su metro y noventa y tres centímetros de estatura, estudiar derecho, filosofía, o lenguas modernas en variados lugares, pero abandonó todos esos inconvenientes para dedicarse de lleno a la literatura, a los viajes y al trato con personajes de su talla e incluso, mas altos que él, mientras gerenciaba la librería del señor Buchholz, en la Avenida Jiménez de Quesada con la Carrera Octava, a pocos pasos del lugar donde había caído asesinado Jorge Eliécer Gaitán, en Bogotá, el mismo año de su nacimiento. Cobo Borda es hijo de un médico que luchó en la Guerra Civil española del lado de Azaña y su madre es prima hermana de dos grandes escritores de la posguerra, el novelista Eduardo y su primo el poeta Jorge Zalamea Borda.
Sin maestros presénciales y sin infancia, Cobo Borda se educó a si mismo en los cines de barrio de los años sesentas, en las conversaciones semanales con los ancianos intelectuales que pasaban por su librería, en las habituales visitas a los poetas consagrados y las redacciones de los suplementos literarios y luego, cuando hizo parte de las tareas culturales de los gobiernos de Carlos Lleras Restrepo, Julio César Turbay, Alfonso López Michelsen, Belisario Betancur y Ernesto Samper, en las subsidiarias e ineludibles lecturas para redactar profusos estudios sobre los autores que interesaban a esas administraciones: mas de medio centenar de libros que ahora llevan su impronta de editor y antologista. Una vida consumida entre Escila y Caribdis: entre su admirado Jorge Luís Borges y el soporífero Germán Arciniegas, a quien consagró más de tres lustros de hipérboles y anacolutos. Buen lector de las concepciones borgianas de la poesía, Cobo Borda también cree que la poesía, más que leer en la historia o interpretarla, agrega, desde la experiencia individual o colectiva fábulas al mundo, ofreciendo acontecimientos y objetos que no estaban en él. Y el origen de todos estos seres inefables está en el corazón, esa “inmunda tienda de andrajos y osamentas” de Yeats. Su otro paradigma formal, y así lo ha reconocido él mismo, es Kavafis. Y quizás, también, así no lo haya dejado consignado de manera explícita, algunos de los poetas de la Generación del Cincuenta española. De Kavafis, o mejor, de algunas de las primeras traducciones de Kavafis al español, debió tomar Cobo Borda el arquetipo de concebir el poema como un trazo, un boceto, un fragmento que denote una síntesis de las interpretaciones históricas o las intimas intuiciones, disecando con ardor y frialdad la fugacidad de la existencia y sus actos. Con un atenuante: los textos del bogotano parten del sarcasmo que le producen el pasado y el presente de su ciudad y la historia de su nación. En Kavafis la historia es un gran friso de las tragedias individuales, en Cobo Borda una burla cruel, cursi o kisch, a la manera de Luís Carlos López, de los comportamientos de su propia clase. De los del Cincuenta, y creo que de Barral y González mas que de Gil de Biedma, habría aprendido que el poema debe en parte su eficacia y prosperidad a los correlatos que establezca entre “lo particular concreto” de la vida del creador y sus lenguajes. Cobo Borda ha publicado una treintena de libros, unos diez de ellos de poesía, aparte de multitud de plaquettes. De ellos, Todos los poetas son santos e irán al cielo (1984) es, para mi gusto, la mejor de sus antologías. Es su tono bastante seco, de corrector de estilo. Un estilo enunciativo, de discurso, que no se permite nada lúdico ni metafórico, como si una permanente tristeza invadiera los gestos y las peripecias vitales de su autor, incluso en los momentos en que esperamos algo de felicidad. Pero es allí, en esos poemas escritos durante los setentas y primeros ochentas, donde está el poeta que quiero ilustrar. Cobo Borda tiene un buen número de textos donde critica y fustiga nuestra historia y nuestro presente. A Cobo le produce asco el país. Mientras en Arango hay frescos, en Carranza desgano, en Gómez Jattin irreverencias eróticas y en Roca ira, en Cobo Borda hay repugnancia. En muchos de estos poemas está un Cobo Borda que desconocen las lectoras de la revista de modas o el magazine para señoritas donde él aparece a menudo opinando sobre los senos de alguna actriz o cosa parecida. Todos los poetas son santos e irán al cielo, a pesar de su rótulo un tanto insólito e ingenuo ofrece, además, en pleno altar del bolero el cuerpo de un poeta que padece la nostalgia de la carne y una voz, quizás memorable. Cualquiera que visite
hoy las capitales de provincia o la misma Bogotá no dejará de quedar
asombrado por la deambulante miseria que vivimos: cantantes callejeros,
locos, leprosos, travestís, recogedores de colillas, drogadictos,
borrachos, gamines, carteristas, desempleados, vagos, emboladores,
loteros, falsificadores, vendedores ambulantes, pordioseros,
revendedores, timadores, rateros, husmeadores de desperdicios,
asesinatos, bombas, etc, etc, etc.
|