Poesia y erotismo
en la edad de la fe

por Harold Alvarado Tenorio

Amar es el dolor más intenso en la historia del hombre. Dicha y sufrimiento se dan cita en los encuentros amorosos pues de ellos obtiene, con su comercio y posterior renunciación, el conocimiento de la sabiduría. Pero quien se niega a someterse a la búsqueda de los deleites que depara la Belleza, no sabrá del don de la Poesía, abisal refugio donde el individuo ve para siempre su eternidad. Pues ningún otro deseo está mejor ligado a la imaginación que el Amor. Por él, hombres y mujeres se sobrepasan a si mismos y quieren integrarse al Cosmos. Fosa de la vida, el cielo y el infierno, su realización es tan honda que conduce hasta la negación de la existencia como expresión suprema de la entrega al Otro y la Otra que no somos. Muerte sin fin, el Amor nos posee para hacernos desaparecer a medida que nos es devuelta la perdida unidad paradisiaca de cuerpo y espíritu, despertando nuestras fuerzas de ángeles y bestias.

En Fedro, Banquete y Fedón, se discurre sobre Eros como uno de los demonios que con mayor poder dominan al hombre. Actuamos porque un delirio nos posee, nos hace predecir el mañana, mediante la destilación de una inspiración que ve el futuro en los restos del pasado. Amor enloquece porque nos hace recordar las ideas que vimos en otros tiempos. Entonces despreciamos lo que los desposeídos por Eros no ven y nos toman por locos. Al ver un cuerpo que nos atrae y repele sentimos terror. Al contemplarlo más sufrimos Amor, hambre de Belleza que nos lleva de un cuerpo a otros cuerpos hasta que dar con el equilibrio total de la Sabiduría, hija de la andrógina Luna de Aristófanes.

El Occidente cristianizado reconoció el erotismo gracias al Diván al-Hamasa de Abu Tammam ; las Mu’alaqat, o «siete qasidas doradas» de Hamad; y los gazales de Omar ibn Abí Rabí’a , Abu Nuwãs , Ibn Hazm y Al’Mutamid , autores de las antologías y poemas eróticos más influyentes entre las minorías que los conocieron, mientras leían a Platón y Aristóteles, en las universidades europeas medievales, atraídos, ante al espantoso infierno e inconcebible cielo de Pedro y Pablo, por la promesa de placeres sexuales, más allá de la muerte, que había prometido Alá sus adictos.

Abu Muhammad’Ali ibn. Hazm fue descendiente de una familia visigoda o persa y su padre había sido ministro de la corte omeya. Su juventud coincidió con la caída del califato de Córdoba. Después de intervenir en un intento fracasado para restablecer el califato, se retiró de la política y se dedicó a las ciencias y la poesía. Se le atribuyen unas cuatrocientas obras. Entre ellas sobresale El collar de la paloma. Ibn Hazm desarrolla en este libro una filosofía del amor, —en treinta capítulos dedicados a su naturaleza fenomenología, relaciones, penas, alegrías, obstáculos, medios, desviaciones y virtudes—, donde la atracción mutua de dos seres, si es de naturaleza duradera, pone de manifiesto una afinidad electiva de las almas, que existiría desde la eternidad. Idea que se encuentra bien arraigada en el Islamismo y se relaciona con un decir del Profeta según el cual las almas están emparejadas desde el origen y en la tierra sólo reconocen su analogía, sin importar el sexo. El tratado está redactado en prosa y verso, demostrando las habilidades del autor en uno y otro género:

«Yo conozco a un mancebo y a una esclava que se amaban mutuamente. Como quisiera unirse a ella en forma poco decorosa, le dijo: «—¡Por Dios, que he querellarme de ti en público y delante de todo el mundo y he afrentarte con una agravio encubierto!—»No muchos días después asistía la esclava a una reunión de los grandes magnates, las gentes principales de la corte y los hombres más eminentes del Califato, junto con una multitud de personas de respeto, entre mujeres y domésticos. Formaba asimismo con los asistentes aquel mancebo, de algún modo emparentado con el dueño de casa. Había en el sarao otras cantoras, a más de aquella esclava; pero cuando le llegó a ella su vez, templó el laúd y se arrancó cantando estos versos antiguos:

Un mancebo hermoso como una gacela, par de la luna llena
o del sol cuando luce abriéndose paso entre las nubes,
cautivó mi corazón con sus miradas lánguidas
y con su talle parecido a una rama en su esbeltez.
Me humillé a él como se mukilla el dócil amante;
me sometí a él como se somete el locamente enamorado.
Pero ven a mí, amor mío, de una lícita manera,
porque no me gusta la unión por caminos vedados.»
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al’Mutamid ibn. ’Abbâd fue otro, entre tantos y varios, de los más notables poeta líricos de al-Andalus. Su poesía puede clasificarse en tres etapas: cuando fue príncipe, luego rey y desterrado. La pasión por las jóvenes le inspiró elegantes poemas donde la búsqueda de la belleza no oculta las intenciones eróticas:

En un sueño viniste a mi cama de amor. Parecía que tu suave brazo me servía de almohada.
Parecía que me abrazaras, que sufríamos de amor y desvelo.
Parecía que te besaba en los labios, la nuca, las mejillas y que lograba mi propósito.
¡Por amor tuyo! Si no me visitara tu imagen nocturna, jamás podría conocer el sabor del sueño.
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Como estos, los poemas compuestos durante su permanencia en Silves y en los días felices del reinado muestran su afición por el vino, las mujeres, los círculos de amigos en las fabulosos palacios sevillanos, la música y el canto. Se dice que nunca sintió amor por mujer alguna pero lo recibió de amigos y queridas. Su talento poético es bien apreciable en los poemas que escribió en Marruecos en los últimos días de su vida.

Conocida es la oposición que durante los primeros siglos de la Edad Media ejerció la iglesia contra la poesía pagana y sus concepciones del mundo. Ante el sentimiento de fracaso que se percibía con el fin del Imperio Romano, la iglesia impuso una doctrina que ofrecía la salvación del alma frente a los placeres y conquistas terrenales. Su lenguaje, aprendido en Horacio, Virgilio y Ovidio, se fue transformando paulatinamente en un mensaje que comprendían las mayorías reunidas en torno a los predicadores. Palabras donde lo más absurdo era intensa claridad y llenaba de gozo y entusiasmo a sus seguidores. Una voz y una doctrina ideológicas y escasamente poéticas.

La literatura de los primeros siglos cristianos puede ejemplificarse en los apuntes de la catecúmena Perpetua, puesta en prisión durante las persecuciones de Septimio Severo en Cartago, en el siglo III.

«Cuando nosotros no estábamos todavía en la cárcel, mi padre intentaba con sus palabras hacerme cambiar de opinión, y por amor hacia mí, trataba continuamente de quebrantar mi decisión de ser cristiana. En esos mismos días fuimos bautizados, y el espíritu santo me dictó no solicitar del bautismo otra cosa sino la capacidad de resistencia frente a la carne. Pocos días después fuimos conducidos a la cárcel y yo me asusté pues nunca había conocido una obscuridad así. ¡Qué aciago día! Un aire terriblemente viciado a causa de las muchas personas, y además los malos tratos de los soldados; finalmente me atormentaba también la preocupación por el niño. Entonces los venerables diáconos consiguieron, mediante dinero, que pudiésemos reponernos por espacio de unas horas en una mejor parte de la prisión. Yo daba el pecho al niño, ya que se había debilitado de hambre. Llena de preocupación por él, hablé a mi madre, consolé a mi hermano, les encomendé a mi hijo. Yo sufría también al verlos sufrir por mi causa. Soporté tales preocupaciones muchos días. Y conseguí que el niño se quedase conmigo en la cárcel, y enseguida se repuso, y yo me liberé de la preocupación e intranquilidad por el niño, y de repente, la cárcel se convirtió para mí en palacio, de tal modo que no habría preferido estar en ninguna otra parte.»

Este testimonio de una joven de veintidós años, es la literatura de una militante y la confirmación de cómo la ideología de la iglesia había prendido con fervor en grandes sectores de la población. Tomar la prisión por palacio es un acto de juventud, una fe en el porvenir. La lucha por una liberación posible y en marcha, parece no dar tiempo al juego amoroso. La poesía cristiana florecerá, con otro auditorio, tres siglos después, pero su materia no será esperanzadora sino tétrica. Eugenio de Toledo dirá a fines del siglo VII:

He aquí que el mundo vacila enfermo y anuncia ruina,
huyeron los hermosos tiempos, se acercan los pésimos,
acrecientan los malos, disminuyen los buenos.
Llora, infeliz Eugenio; te asalta ímprobo cansancio.
La vida pasa, el fin se avecina, la ira pende del cielo.
Llama ya a la puerta para entrar, el heraldo de la muerte.

La poesía de los cristianos primitivos estuvo poseída por un sentimiento de que todo lo producido en el presente era mezquino si se le comparaba con el pasado y la grandeza de los tiempos antiguos. Los escritores huían del presente y terminaron por refugiarse en las nuevas ideas del cristianismo con un tono lastimero cargado de terror ante el fin del mundo y la amenaza del demonio. Pero quienes no se acogieron a la nueva doctrina, se dedicaron, no al juego amoroso sino a la diversión con variaciones de palabras, y géneros. La utilización fragmentaria de versos de otros, los centones, fue uno de los artificios preferidos. La epanalepsis, los poemas dibujos, la aglomeración de todas las medidas en un solo texto, enumeración de voces de animales y los versos anacíclicos son ejemplos de sus ocupaciones líricas. Publilio Optatiano Porfirio llegó por esos vericuetos a extremos inauditos. Se conservan veintiséis fragmentos de poesías suyas, de veinte a cuarenta hexámetros, cada uno con el mismo número de letras, de manera que cada poema ofrezca el aspecto de un cuadrado; ciertas letras de color rojo forman figuras, abreviaturas y adornos que leídas de conjunto pretenden decir algo.

Este período ha sido llamado por Bühler , de la senectus, frente al de iuventus, que marca la aparición de la poesía lúdica medieval, o del romance. Con estas categorías explica cómo el ideal de la senex domina la primera mitad de la Edad Media. Dice que a pesar de hablarse de los juveniles germanos, «que echaron por tierra el imperio durante las invasiones», la vida espiritual los pueblos había cambiado poco desde fines del neolítico hasta la era en que entraron a formar parte de la cultura mediterránea. Sus concepciones del mundo eran de carácter trágico, en sus héroes y dioses imperaban la fatalidad y hasta culpaban a Odín del fracaso del mundo antiguo y estaban dispuestos a sacrificarlo para salvarse. Los germanos asimilaron, desarrollaron y transformaron el mundo romano, pues tanto el germanismo y el romanisno se encontraban, al llegar las migraciones bárbaras, poco más, poco menos, en el mismo plano de evolución y no existían grandes dificultades que se opusieran a una inteligencia y a una comunidad de vida entre dos mundos coincidentes en sus concepciones y ritmo de vida, basados, en últimas, en la idea de la senex.

Borges ha traducido el momento en que Edwine de Northumbria se convierte al cristianismo y que parece confirmar las conjeturas de Bühler. Según Beda el Venerable Edwine favorecía la adopción del cristianismo como religión oficial gracias a una visión que había tenido en Roedwald, e incluso había permitido que su hija Eanfled fuera bautizada. El día del nacimiento de su hija, Eomer, emisario del rey de Wessex, había atentado contra su vida. Salvado milagrosamente del atentado, Edwine prometió convertirse al cristianismo si podía vencer a su enemigo. Absteniéndose de recurrir a sus dioses particulares, en la creencia de que esto le ayudaría, logró vencer a Cwichelm. Mientras tanto el papa Bonifacio había enviado a la reina una carta, un espejo de plata y un peine de marfil y tras estos presentes un misionero para que enseñara la nueva fe. Edwine reunió a sus nobles y consejeros, pero interrogó sobre la nueva religión al sumo sacerdote, Coifi, quien sin vacilar dijo: «Rey, ninguno entre tus hombres ha sido más diligente que yo en el culto de nuestros dioses, y sin embargo, hay muchos a quienes tu favoreces más y cuyas empresas son más prósperas. Si lo dioses sirvieran para algo, me habrían beneficiado más bien a mí, que puse tanto empeño en servirlos. Por consiguiente, si estas nuevas doctrinas pueden resultar más eficaces, conviene recibirlas sin demora». Luego de estas palabras Coifi y los demás personajes participaron en la destrucción del templo que había en Goodmanham, y el propio rey se hizo bautizar en York durante la semana santa del seiscientos veintisiete.

A medida que las lenguas vernáculas se incrementaron las primeras manifestaciones colectivas de un cambio de rumbo en la poesía y la vida se hicieron evidentes con la aparición de los tunantes y sus canciones eróticas. A partir del siglo séptimo, estudiantes y profesores comenzaron a vagar de una parte a otra de Europa. Algunos poemas de maestros como Fortunato, Walafrido Strabon y Sedulio Scoto son de este período. Pioneros en esas visiones eróticas del amor fueron Agatías , autor de un buen número de poemas amorosos agrupados bajo el título general de Dafniaca, y de una famosa antología donde se incluye: Ciclo de los nuevos epigramas:

Todas las noches insomne gimo. Cuando después, con el alba obtengo la gracia del sueño, escucho la golondrina que disipando el grato sopor me impulsa al llanto: ella interrumpe el sueño con el recuerdo y el pensamiento de mi amor. Calla, charlatana. Vete a los montes, busca allá arriba un nido de abubilla para refugiarte; para que yo pueda reposar un poco y con el sueño imaginarme que estoy en brazos de mi amada.

No me gusta el vino, mas si quieres que beba, trasiega tu primero y pásame la copa. Después que has posado los labios, no es cosa fácil abstenerse ni rechazar la oferta: la copa me transmite tu beso y me cuenta los favores recibidos de ti.

Como no podía besarme porque nos miraban, se desató la banda que llevaba a la cintura y empezó a besar un cabo de ella. Yo tomé el otro y recogí el regalo del amor sorbiendo los besos y apretando mis labios al cinturón. De tal manera nuestro dolor encontró alivio, nuestros besos corrían a lo largo de la blanda tela14.

Marbod, obispo de Rennes:

Loca erraba mi mente, presa de ardor de placeres…
¿No amé por ventura a ellos o a ellas más que a mis ojos?
Pero ahora, alado niño, autor de amor, queda fuera,
y lugar para ti, Citerea, no la haya en mi casa!
Los brazos de un sexo y del otro ya no me deleitan.

Baudri de Bourgueil:

Me achacan también que, hablando cual los jóvenes hablan,
escriba versos a muchachas y muchachos.
He escrito, sí, varias cosas donde amor es el tema,
y a mis versos les gusta el uno y otro sexo.

Hilario :

Pelo rubio, rostro hermoso, cuello blanco y tierno,
suave y blanda voz… Mas cómo describirte intento?
Eres todo lindo y dulce, no hay en ti defecto,
mas no puedes vivir casto, puesto que eres bello.
Te lo juro. Si volvieran de Jove los tiempos,
ya no fuera Ganimedes su gentil copero;
Tú sirvieras dulces vasos, preso allá en el cielo,
y en la noche al dios le dieras aún más dulces besos.
18

El florecimiento de las ciudades, el espíritu caballeresco y la popularización del latín hicieron volver a resonar las canciones de amor, las obscenidades, los desenfrenos y la glotonería. Según Bernardo de Clairvaux , la mesa de los monjes cluniacenses se cubre de manjares; sus cocineros preparan el pescado con arte exquisito; los huevos se arreglan de maneras diversas: se licúan, se endurecen, se desmenuzan, se sirven fritos, asados, rellenos, y la copa se retira tres o cuatro veces de la mesa. Pero los «banquetes celestiales» se extienden también a las clases ricas y pobres. La boda de Jorge el Rico, en 1475 reunió tres mil caballos; el cortejo de la novia incluía setecientos, el del emperador otros tantos, el del Margrave de Brandemburgo mil cuatrocientos, y así hasta sumar unos nueve mil, que sumados a los cabalgantes y los de a pie, más los vecinos de la ciudad, comieron y bebieron durante ocho días20. Durante las bodas de la hija de un panadero de Augsburgo, en 1496, se sacrificaron veinte bueyes, cuarenta y nueve cabritos, quinientas aves, mil seis gansos, veinticinco pavos reales, cuarenta y seis terneras, noventa y seis cerdos y quince pavos21.

Las universidades habían surgido con el crecimiento de los pueblos. En los populosos barrios estudiantiles se desarrolló un estilo de vida bohemio con sus peculiares tradiciones. Los estudiantes inventaron un lenguaje vivo, una especie de Latín salido de las viejas imágenes horacianas, las clases y las tabernas. El Barrio Latino de París fue reproducido en Oxford, Padua, Napoles, Montpellier, Toulouse, Salamanca, Lisboa y muchos otros pueblos universitarios.
La poesía, la filosofía y la teología abordaron, entonces, con optimismo, los más difíciles problemas. Las escuelas catedralicias crecieron en número y calidad, a medida que el principio de primogenitura obligaba a los jóvenes hijos de barones a dejar sus latifundios en busca de escuelas. Jóvenes como Buenaventura o Aquino crearon sistemas que iban de la tierra al cielo. Los averroistas de París proclamaron la razón libre de las ataduras de la fe, el burgués se asomó a la ventana, el laico no contribuye con limosnas para salvar su alma sino que interviene en la vida social, la canción es cultivada por los caballeros, el juglar y el cómico hacen su aparición. La ambición, el egoísmo, el sentido del honor y el amor a la gloria preludian el Renacimiento.

El apodo de los Goliardos parece venir de Gula o del nombre de un supuesto obispo conocido como El Archipoeta de Colonia que se habría llamado Golías. Hay quienes aseguran que vivió en Burgundia y Salzburgo entre 1160 y mediados del siglo trece. Compuso unas diez canciones que le sobrevivieron. Por ellas sabemos que fue un alemán de origen caballeresco; que prefirió las letras a las armas; que falló tratando de conseguir una parroquia, vivió largos años en la pobreza y fue un protegido del arzobispo de Colonia, Rainaldo de Dassel, Canciller de Federico Barbarroja. Se cree que estudio en Francia a causa de su acusado dominio de las formas rítmicas que allí se ensayaron. No quiso celebrar las glorias del emperador Barbarroja pues no le pagarían sus esfuerzos. Luego de algunas fechorías Rainaldo le retiró su favores y al final de sus días, viejo y abandonado, aparece en Salerno. Su famosa Confesión de Golías ha sido cantada y aumentada a través de los siglos. Su desverguenza no tiene paralelo. El poema sucede en Pavía y es una obra maestra en el uso de los metros «goliárdicos», como en la intercalación paródica de textos sagrados. Para el Archipoeta, la relación vida y poesía es definitiva:

4. La seriedad de carácter me resulta insoportable, pero me gustan las bufonadas, más dulces que la miel. Fácil tarea es todo lo que manda Venus; nunca se acomoda en corazones perezosos.
5. Como todos los jóvenes, me voy por el ancho camino; me enredo en los vicios olvidándome de la virtud. Busco el placer más que la salvación, y como el alma está ya perdida, sólo me preocupó de mi cuerpo.
7. ¡Qué cosa tan dura es domar a la naturaleza, y mantener la mente pura en presencia de una doncella! Los jóvenes no podemos seguir la dura disciplina sin dar gusto a nuestros cuerpos veleidosos.
8.¿Quién no arde dentro del fuego?, ¿quién puede ser casto viviendo en Pavía, donde Venus anda a caza de jóvenes, enredándolos con sus miradas y sus bellos rostros?
10. En segundo lugar, se me acusa de jugador, y aunque el juego me deje desnudo del todo y es´te tiritando, mi mente se abrasa, y es entonces cuando escribo los mejores versos y canciones.
11. En tercer lugar viene la taberna: nunca he hablado ni hablaré mal de ella, hasta que vea a los santos ángeles venir cantando por los muertos el «requiem aeternam».
12. Mi voluntad es morir en la taberna con un jarro de vino junto a la boca en la hora de la muerte, para que al llegar los coros de los ángeles digan: «Dios se compadezca de este borrachito».
14. Hay poetas que no salen a las plazas y se refugian en la soledad, se aplican, insisten, se desvelan, trabajan tenazmente, y a fin de cuentas apenas pueden escribir algo de mérito.
15. Hay poetas que apenas comen ni beben, se apartan de los bullicios de la gente y el ajetreo de las plazas, y para escribir algo duradero se mueren esclavos de su trabajo.
17. La naturaleza da a cada uno su manera de ser. Cuando escribo versos me gusta beber buen vino, y el que más locuaz me hace es el puro que guardan los taberneros en los barriles.
18. De tal vino tales versos. Nada puedo hacer sino después de haber comido; de nada vele lo escrito en ayunas. Pero después de unos tragos me aventajo al mismo Nasón.
19. Nunca me viene la inspiración sino después de llenar bien el vientre. Cuando Baco reina en mi mente, entra entonces Febo y me dice cosas maravillosas22.

Los Goliardos escribieron sátiras contra la iglesia, atacando a menudo al Papa. En el Concilio de Treves (1227) se prohibió a los sacerdotes oficiar con ellos. Grupos de Goliardos participaron en los motines universitarios de París en 1229, y el Concilio de Salzburgo (1281), dice que «se pasean desnudos en público, se acuestan junto a los hornos, frecuentan tabernas, juegos, rameras, se ganan el pan con sus vicios y se aferran tercamente a su secta». Durante el catorce fueron perseguidos abiertamente. Clérigos y estudiantes de teología, fueron contestatarios enemigos del ascetismo predicado por la iglesia, y celebraban unas veces con delicadeza y elegancia, otras con la más ortodoxa obscenidad, el amor, el vino y el juego, símbolos de una exaltación del placer de vivir y la belleza del cuerpo. Los Carmina Burana abarcan todos sus temas preferidos: la primavera, el amor, jactancias de seducciones logradas, amores no correspondidos, el canto de un estudiante que aconseja a otros un alto en los estudios y unas vacaciones con el amor. Otros de esos poemas elogian la vida licenciosa y el alcoholismo. En cuanto a las fuentes de su poesía, usaron de los textos de autores considerados clásicos entonces, pero bien podían incluir «desvergonzadas» frases de las Escrituras y los himnos religiosos:

El amor subyuga a los dioses; Juno manda sobre Júpiter.
El Noto con sus blandas brisas cautiva a Neptuno. Plutón que gobierna los infiernos, sólo se humilla ante el amor.
Por las delicias del amor amo constantemente a una doncella
Cultivo sin sembrar, peco sin falta.
El amor somete a los blandos con suave lazo. A los duros y engreídos los doma con admirable fuerza. Domestica al unicornio con el abrazo de una doncella.
Me abraza el deseo de una noble doncella, y cada días más
la adoro; como sol de mediodía no tengo refrigerio.
Juego con Cecilia, pero no tengaís miedo; soy como guardián de sus frágiles años, y nunca se marchitará el lirio de su castidad.
Ella es una flor, y nada vale desgajarla. Dejo crecer el racimo hasta que madure. La esperanza me hace vivir contento esperando el futuro.
Nada hay más agradable que el juego de la doncella; su corazón no tiene malicia alguna, y los besos que da son más dulces que la miel.
Me gusta jugar con las doncellas, y aborrezco a las perdidas
lo mismo que a las meretrices y casadas, porque en estas tales
siempre asoma la torpe lujuria.
Lo que hacen los demás haremos nosotros, doncella;
y cuando llegue el tiempo jugaremos la partida. Como todavía
somos jóvenes, juguemos con ternura.
Sólo quiero entretenerme: es decir contemplarte, hablar contigo,
tocarte y luego darte un beso. Lo que viene en quinto lugar, es decir, la acción, ni siquiera sospeches.

***

Dejemos los estudios, dulce es la ignorancia, y
aprovechemos los placeres de la tierna juventud.
Propio es de la vejez el preocuparse de cosas serias.
El tiempo ocupado en el estudio pasa lentamente.
La tierna juventud nos empuja a los placeres.
La primavera de la vida se esfuma, se apresura el invierno.
La sangre se enfría, el corazón se embota,
los goces disminuyen, la vejez nos aterra con su tropel de incomodidades.
Imitemos a los dioses, sigamos su ejemplo, los cuales
en sus ocios buscaban las ternuras del amor. Sigamos
nuestra resolución: esto es propio de la juventud;
vayamos a las plazas donde están reunidas las doncellas.
Allí hay cantidad de fáciles mujeres; allí sobresale la
danzarina con la lascivia de sus miembros. Mientras
ellas me menean con gestos lascivos me quedo mirando y me olvido de mí.24

Los líricos y los amores más celebrados de los tiempos medievales, antes que Dante llevará hasta el mismo cielo su pasión por Beatriz, fueron Heloísa, Pedro Abelardo y Walther von der Vogelweide.
Abelardo llegó a París a los veinte años. París era el centro de la Escolástica. Allí, en la escuela de la Catedral de Notre-Dame, discutió las teorías filosóficas del Realismo con William de Champeaux, convirtiéndose en uno de los más progresivos maestros en el arte de la dialéctica.

«Por todas partes se hablaba de él —dice Carlos Francisco María Rémusat —. Desde Bretaña, desde Inglaterra, del país de los Suevos y de los Teutones venían gentes a oírle: la misma Roma llegó a enviarle alumnos. Los transeúntes se detenían a su paso para contemplarle; los vecinos de las casas bajaban a sus puertas con el fin único de verle, y las mujeres levantaban las cortinas que cubrían los vidrios ruines de sus estrechas ventanas. Habíale adoptado París por hijo suyo y le consideraba como su lumbrera más esclarecida.»

Se ha llegado a creer que el total de sus discípulos llegó a los cinco mil, incluidos el futuro Papa Celestino II, diez y nueve Cardenales, más de cincuenta Obispos y Arzobispos franceses, ingleses y alemanes, y un número mayor de contestatarios
Hasta que un cambio de la fortuna le sorprendería. En la Catedral vivía, bajo el cuidado de su tío, una jovencita de nombre Heloísa. Bella, su atractivo se hacía mas notable gracias a su inteligencia y habilidad para el conocimiento, que incluía una excepcional capacidad para los idiomas, como el latín, que hablaba perfectamente, el griego y el hebreo. Enamorado de ella, Abelardo, de treinta y seis entonces, logró establecerse en la propia casa de Fulberto, como preceptor de la sobrina.

«A esta jovencita [...]—dice Abelardo— decidí unirme con los lazos del amor. Y ello me pareció fácil de obtener. Distinguido era mi nombre y poseyendo las ventajas de la juventud, no temía ser rechazado por mujer alguna a quien yo quisiera favorecer con mi amor [...] Así, incendiado de pasión por esta doncella, procuré el modo de poder conversar diaria y familiarmente con ella para conseguir con mayor facilidad su consentimiento. Persuadí al tío para que me hospedara en su casa, a cambio de una pequeña suma. Era un hombre carcomido por la avaricia y creía ganar con mis enseñanzas para Heloísa [...]
Entonces con el pretexto de los estudios, nos abandonamos enteramente al amor, a todos aquellos lugares secretos que el amor demanda, mientras el estudio de nuestros textos nos fortalecía. Y así, mientras los libros permanecían abiertos delante de nosotros, más palabras de amor salían de nuestras labios que literatura, los besos eran más frecuentes que los discursos. A menudo nuestras manos iban a nuestros pechos más que las páginas; el amor hacía que nuestros ojos se dirigieran más a sí mismos que al estudio de los libros... Ningún estado del amor omitimos en nuestra codicia del placer, y, si el amor puede inventar algo nuevo, lo agregamos.»27

Pronto su relación fue conocida por todos. El propio Abelardo compuso poemas sobre su amor, que eran cantados por los estudiantes en calles y tabernas. Heloísa quedó embarazada y su amante la llevó a Bretaña, donde dio a luz a Astrolabio. Para apaciguar las furias del tío, Abelardo prometió casarse con ella bajo la condición de que el hecho no se divulgase y así no destruir sus posibilidades de ascenso en la carrera eclesiástica. Heloísa se opuso largo tiempo al matrimonio. Creía ella que los filósofos no debían estar atados con un vínculo que destruía el amor. Sin embargo terminó por aceptar la fórmula y se casaron en París en presencia de Fulberto. Pero la nueva fue pronto conocida por todos y aun cuando Heloísa negara el hecho el escándalo no pudo contenerse. Entonces Abelardo envió a la esposa al convento de Argenteuil. Los parientes de ella se sintieron engañados y entrando una noche a las habitaciones de Abelardo, le castraron. Ante la desgracia irreparable, obligó a Heloísa a profesar como monja y él mismo hizo votos monacales.
Se supone que la Historia calamitatum mearum de Abelardo fue escrita durante su permanencia en la abadía de San Gildas. Al conocer el texto, Heloísa habría escrito a su amado esta carta:

«[...] Ya sabes, amadísimo (todos los saben), lo que yo perdí en ti [...] Obediente a tu mandato, cambié de hábito y de corazón, para que se viera que eres el posesor así de mi cuerpo como de mi espíritu [...] No busqué votos de matrimonio, ni ninguna dote [...] Y aunque el nombre de esposa parezca más sagrado y válido, más dulce para mí es siempre el de amigo, o si no te averguenza, concubina o querida [...] Pongo a Dios por testigo de que si Augusto, gobernando todo el mundo, me considerara digna del honor del matrimonio y de confiarme todo el mundo, para que yo lo gobernase para siempre, más grato me sería y de mayor dignidad me parecería ser llamada tu manceba que su emperatriz [...]
Pues, ¿quién, entre reyes o filósofos, podría igualarte en fama? ¿Qué reino, ciudad o aldea no ardía en deseos de verte? ¿Quién, pregunto, no se apresuraba a contemplarte cuando aparecías en público? [...] ¿Qué esposa, qué doncella no te anhelaba en tu ausencia, no ardía en tu presencia? ¿Qué reina o poderosa dama no envidiaba mis gozos y mi lecho? [...] »28

Las canciones de amor de Abelardo no se conocen. Pero se conservan seis planctus, donde recrea la vida de varios personajes bíblicos, lamentado sus tragedias. Uno de ellos está inspirado en la historia de Dina y Siquem. Violada por Siquem, miembro de otra tribu, Dina, hija de Jacob, ama ardorosamente al hijo de Jamor, y se va a vivir con él, mientras Siquem y Jamor buscan afanosamente un acuerdo matrimonial con Simeón y Leví, hermanos de Dina. Habiendo aceptado circuncidarse, no obstante, los hermanos deciden vengar la afrenta dándole muerte y asesinando a todos los hombres de su tribu. En el fragmento de la vida de Jacob nada sabemos de los sentimientos de la muchacha, pero para Abelardo, representa la tragedia de una mujer que ha perdido en Siquem a quien más ama. El verdadero amor —parece decir ella— es el único camino de redención ante las condenas morales de la sociedad. Abelardo canta por boca de Dina:

Impelido a violarme, arrastrado por mi belleza,
¿en qué juez no hubieras encontrado benevolencia?
No opinásteis así Simeón y Leví ,
hermanos míos, justos y crueles en demasía a un tiempo,
pues confundísteis en el castigo a inocentes
e irritásteis también a nuestro padre.
¡Por ello sois odiosos!
El móvil del amor y la satisfacción de la culpa
en cualquier juicio son atenuantes...
¡Ay de mí, ay de ti, desgraciado muchacho!
¡En qué ruina te precipitas con tu gran pueblo!

En otro de los planctus, David lamenta la muerte de Jonatás, pero allí resuena de nuevo la historia de la pareja:

Si pudiese yacer contigo en una tumba, feliz moriría,
pues, de los dones que amor prodiga ninguno sería mayor.
Vivir, estando tu bajo tierra, fuera muerte incesante;
para apartar mi vida de la muerte media alma no es bastante.
Abandono la lira. Cese el tañido. ¡Si pudiera
acallar así mis suspiros!
Lastimadas mis manos, ronca mi voz,
desfallece mi espíritu.

Se cree que Walther von der Vogelwiede nació hacia el 1170 y murió en 1280. A pesar de su fama poco sabemos de él y toda información sobre su vida se ha deducido de los poemas que se le atribuyen. Cuando nació, Tirol y Viena eran las sedes de notables Minnesingers. Viena, bajo Federico I, era también un centro del arte y la poesía. Allí aprendió composición con Reinnar El Viejo, cuya muerte luego lamentaría en dos de sus más bellos poemas. Esta época de su vida, cuando compuso los poemas amorosos más espontáneos, terminó al morir el Duque en 1198. A partir de entonces vagaría de corte en corte mendigando alimento y cobija, a la espera de que alguien terminara con esa vida de azares. Pero su actitud crítica ante hombres y comportamientos, así no fuese directa sino velada en sus poemas, le apartaron de posibles protectores. Fue un fervoroso partidario de la independencia de Alemania frente al Papado. Aun cuando su fe católica está probada en su poesía, hasta el final de sus días se opuso a las pretensiones de los Papas, a quienes ataca con una acidez que no puede explicarse sólo como patriotismo. Al final recibió como recompensa una pequeña propiedad en Franconia, de manos de Federico II, quien le había hecho tutor de su hijo. Fue enterrado en Würzburg, bajo instrucciones suyas, según las cuales sobre tu tumba debía darse de comer, diariamente, a los pájaros. Vogelwiede significa refugio de aves.
Más allá de sus ideas, actitudes y poemas patrióticos su gloria reside en sus canciones eróticas, que hicieron a sus contemporáneos tenerle como el maestro por excelencia del canto. Sus primeras canciones celebran el goce de vivir, la naturaleza y la gloria de amar. Muchas de ellas salvan el amor de los tópicos de su tiempo y hacen de la mujer y no la dama, como en Unter der linden..., el centro de atención. En ésta, con la liviandad que caracteriza el género, una muchacha que regresa de una cita bajo un tilo cuenta, con pudor y malicia los goces recibidos. Pero todo queda en secreto pues el pajarillo que fue único testigo será discreto y no habrá de traicionarla.

Bajo los tilos,
en el brezal,
había un lecho para los dos;
allí formaban,
entremezcladas,
flores y hierbas blanco colchón.
En la espesura—
¡tandaraday!—
dulce era el canto del ruiseñor.

Yo iba corriendo
por el sendero;
allí mi amor me esperaba ya.
Allí hechizada,
¡feliz momento!,
fui para siempre en felicidad.
¿Besome él? Más de mil veces.
¡Tandaraday!
¡Mirad mi boca cuán roja está!

Con prisa y gozo
mi amor dispuso
fragante lecho para los dos.
Una sonrisa
despertará,
en los que sigan aquel sendero,
el ver el hueco que, entre las rosas,—
¡tandaraday!—
dejó mi cuerpo bajo el amor.

¡Oh, qué vergüenza,
si alguien hubiese
(Dios no lo quiera) espiado allá!

Mas lo que hicimos
nadie lo supo,
salvo mi dulce amor y yo,
y el pajarito—
¡tandaraday!—
que a nadie nunca lo contara.29

Como ésta, escribió otras canciones para jovencitas pobres, con emociones sin artificio ni quejas amargas por los remilgos de la amante. En Tomad señora, esta guirnalda, se evidencian también esas tendencias revolucionarias de sus cantos. Mientras sueña, el poeta realiza con una muchacha, el amor que las señoras no pueden prodigarle:

«Tomad, señora, esta guirnalda», así hable a una hermosa muchacha: «así honraréis la danza, con las bellas flores que os coronan. Si tuviera piedras nobles serían para vuestro cabello, debéis creerme. Por mi fe, esto digo».

Ella tomó lo que le ofrecía como lo habría tomado un niño de buena crianza. Sus mejillas enrojecieron, igual que la rosa que está junto a los lirios. Entonces se avergonzaron de sus resplandecientes ojos: no obstante se inclinó graciosamente. Ésta fue mi recompensa: si se hace más mía, lo guardaré en secreto.

«Sos tan apuesto, que de buen grado os daré mi corona, la mejor de cuantas tengo. Sé que de muchas flores blancas y rojas, que están lejos en aquel brezal, donde tan bellamente lucen, y cantan los pájaros: allí debemos cogernos ambos».

Creí que nunca fui más dichoso de lo que fui entonces. Las flores caían de los árboles junto a nosotros en la yerba. He aquí que reí de felicidad. Cuando era tan maravillosamente rico en mi sueño, entonces vino el día y tuve que levantarme.

Tanto me ha turbado, que este verano a todas las muchachas que encuentro tengo que mirarlas profundamente a los ojos: quizá alguna será mía: entonces se irán mis penas. ¿Y qué, si ella estaba en esta danza? Damas, por favor, descubrid un poco vuestros tocados. ¡Oh, si pudiera ver su faz bajo una guirnalda!.»30


1.- Abu Tammam nació en Jãsim, cerca de Hierapolis en 807 y murió en Mosul en 846. Se hizo conocer como poeta primero en Egipto, pero al no encontrar acogida fue a Damasco y luego a Mosul. Después de 833 vivió en Bagdad, en la corte del califa Mo’tasin. Compiló tres colecciones de poesías de los mejores poetas árabes de antes y después de Mahoma.
2.- Omar ibn Abí Rabí’a fue hijo de un rico comerciante y llevó una vida marcada por aventuras amorosas que le enemistaron con varios califas. A los setenta años tuvo que jurar a Omar II que abandonaría sus seducciones. Murió cerca de 720. Copio dos de sus poemas, incluidos por Max Weisweiler en Arabescos de amor, recopilación de historias árabes primitivas de amor y mujeres, Barcelona, 1968, pgs., 134-135:

Échate en la arena, aun cuando el desierto no hay sido jamás tu almohada.
Cumplo, dijo la muchacha, todo cuanto que tu boca anhela.
Me has ordenado que haga lo que jamás hice.
Después la besé en aquellas horas de la noche
Con la avidez con que las moscas sorben la dulce miel.
A la mañana siguiente se lamentó: Has robado mi honor.
Soy de nuevo libre, pero ¿quieres tomarme otra vez?
Pero no la tomé más. Me arrebujé, tras de su espalda,
Y cerré los ojos. Le dije: «Mañana temprano correrán tus lágrimas»
Entonces se levantó, borró con sus vestidos las huellas de nuestros cuerpos
y buscó la hilera de perlas diseminadas por la arena del desierto.
*
El cuervo grita cuando se le arrebata alguna presa
Pero ¿cómo no grita cuando se separa de ella?
Les seguí sin descanso, seguí la reata de camellos
Hasta llegar cerca de una mujer que custodiaba la litera.
«Por vida de mis hermanos» dijo ella. «¡Por el honor de mi padre!
Si no te alejas de mí, alertaré a toda la tribu»
Entonces acaricié sus rizos y besé su boca
Como la tierra reseca absorbe ansiosa la humedad.
Sus tersos dedos, pintados de rojo,
Agarraron mis manos en recompensa a mis contactos.

3.- La mayor parte de la vida de Abu Ali Hal-asan ibn Harni’al-Hakami, conocido como Abu Nuwãs, fue licenciosa y alejada de la religión, pero en sus últimos años se hizo asceta. Nació en al-Ahwaz, vivió en Basora, Kufa y Bagdad. Dos de sus aventuras con Harún al Rashid figuran en Las mil noches y una. Genial, cínico, inmoral, su vida fue la fuente principal de inspiración para su obra. En sus canciones al vino pueden descubrirse las formas de comportamiento de las clases altas de Bagdad y fue el primero en ridiculizar las qasidas por encontrarlas antinaturales. El manuscrito de sus poemas que se encuentra en Viena, unos cinco mil versos, fueron clasificados de acuerdo a su materia: vino, caza, oración, sátiras, amores juveniles, amor a las mujeres, obscenidades, blasfemias, elegías y lamentaciones seniles. Sus qasidas no evocan a los nómades del desierto pero son un refinado arte esquemático que pinta la vida urbana de la corte de los califas, tratando de cerrar la brecha entre vida y poesía. Murió en 810. Uno de sus poemas, en versión de C.A. Jordana, dice:

Ven, cántame,
y tráeme vino.
Venga a mi el dulce, brillante jarro;
llene una copa en que me anegue
en el olvido... y ¡cuanto quiera
clame el almuédano en su alminar!

Peca, amigo, sin tasa ni medida:
Alá siempre está pronto a moderar su ira.
Cuando llegue tu hora, sin duda encontrarás
arriba un Rey, aunque potente, tierno;
tirarás de tu pelo cuando recuerdes
todo el goce perdido por miedo al infierno.

4.- Ibn Hazm nació y murió en Córdoba (994-1064). Perteneció a la escuela Zahirita, de teología y jurisprudencia, que repudiaba toda interpretación cuyo fundamento fuera autoritario o analógico del Corán, ateniéndose apenas al sentido externo o «zahir» de los textos. Fue un violento polemista y tuvo muchos enemigos a causa de su dogmatismo. Compuso obras de teología, historia y derecho.
5.- Al’Mutamid nació en Sevilla en 1027. Fue el tercero y último de los miembros de la dinastía abasida y es el mejor ejemplo de un andalusí cultivado: liberal, tolerante y protector de artistas y poetas. Cuando tuvo trece años fue enviado por su padre al mando de una expedición militar para sitiar Silves. Como tenía tan poca edad, al-Mu’tadid hizo acompañar a su hijo del aventurero y poeta Ibn ’Ammâr, a quien, luego de muchos perdones y traiciones, el propio al-Mu‘tamid daría muerte. Murió desterrado en Agmât, cerca de Meknés, en 1095. Allí escribió sus mejores poemas, no pocos de ellos, únicos en su arte en la lengua árabe. Véase Al’Mutamid, Antología poética, selección y prólogo de Harold Alvarado Tenorio, Bogotá, 1990.
6.- Versión de Emilio García Gómez.
7.- Versión de Miguel José Hagerty.
8.- Erich Auerbach: Lenguaje literario y público en la baja latinidad y en la edad media, Barcelona, 1966, pg., 65.

9.- Johannes Bühler: Vida y cultura en la Edad Media, México 1957, versión de Wenceslao Roces, pg., 72.
10.- Literaturas germánicas medievales, (con la colaboración de María Esther Vásquez), Buenos Aires, 1965, pg., 51.
11.- Ecclesiastical History of the English Nation, London, 1896, pgs., 5-20.

12.- Agatías Escolástico (c. 536-582) nació en Myrina, estudió en Alejandría leyes y en Constantinopla ejerció de abogado. Ciclo de los nuevos epigramas fue compuesto a partir de las antologías de Meleagro y Diógenes Laercio y gozó de enorme popularidad. De este poeta e historiador bizantino se conservan unos cien epigramas en la Antología griega. Escribió una historia de su tiempo: Del reinado de Justiniano, en cinco volumenes que comienza donde terminan las Historias, de Procopio.

13.- El epigrama fue una composición breve para ser grabada en monumentos u obras de arte. La Antología Palatina contiene unos tres mil setecientos de ellos con un total de veintidós mil versos, dividida en quince libros, el quinto, de epigramas eróticos. Como género fue clasificado, en orden alfabético, por Justiniano. Agatías los dividió de acuerdo a los temas, fueran votivos, descriptivos, funerarios, anecdóticos, satíricos, eróticos o báquicos.

14.- Versiones de José Almoina, Carlos Esplá y José López Pérez.

15.- Marbod de Rennes (1035-1123) nació en Angers y murió en un convento benedictino. Es mejor conocido por su poema simbólico Liber Lapidum, de más de setecientos hexámetros donde enumera sesenta clases de piedras preciosas, cada una con sus virtudes mágicas y milagrosas. Copio una muestra: «Esta piedra nace en el hígado de un gallo, privado de testículos, que haya vivido por lo menos tres años como eunuco, y el nacer así no es pequeña cosa. Después crece durante cuatro años, pero sin exceder del tamaño de una haba. Es semejante al cristal o al agua clara, y los antiguos le pusieron por nombre Allectorium. Esta piedra hace invencible al que la lleva, da facundia al orador, apaga la sed, es excitante para los placeres venéreos y útil a la mujer que quiere agradar a su marido. Para que produzca estos buenos resultados hay que llevarla encerrada en la boca». Versión de Antonio Alatorre.

16.- La poesía que exalta la sodomía es muy antigua y se remonta a los antiguos griegos y pasó a la Edad Media como imitación unas veces y otras, como expresión de pasiones reales. Para los griegos la belleza era masculina en cuerpo y alma. Lo masculino era el sostén del estado y la sociedad. Cada hombre adulto debía elegir un joven para educarlo y es raro encontrar algún escrito donde no se elogie, sexualmente, la belleza de muchachos y jóvenes. Anacreonte es un poeta sodomita por excelencia:

Pínta Batilo, el amor mío. Voy a guiar tu pincel. Dale cabellos brillantes, de reflejos dorados, y bucles que se enreden sin más ley que su capricho. Bajo su frente tierna y delicada dibuja unas cejas más sombrías que las escamas de una serpiente. Que sus ojos negros lancen relámpagos, al tiempo que respiren serenidad. De estas dos expresiones, una viene de Marte y otra de Citerea. Así, por un lado, se tiembla al verle, y por el otro no se acaba de perder la esperanza. Que sus mejillas seas rosadas y aterciopeladas, como una fruta madura; revístelas, si tu arte puede tanto, de un púdico rubor. En cuanto a los labios, debes trazarlos delicados, llenos de seducción. En una palabra: que la cera muda parezca que hable. Que su cabeza descanse sobre un cuello de marfil, más gracioso que el de Adonis. Dale el pecho y las manos de Mercurio, las piernas de Pólux, el vientre de Baco; y encima de sus piernas elegantes, que colora el ardor de la sangre, dibuja un sexo delicado, que aspire ya a los brazos de Pafos. Tu arte está celoso de la belleza, puesto que no puedes mostrarnos las nalgas de Batilo. Es lamentable. Y en cuanto a los pies, ¿qué podría decirte? Fija tú mismo el precio de tu obra. Toma esta imagen de Apolo, y conviértela en un Batilo. Y si algún día vas a Samos, pinta a Febo, pero toma a Batilo por modelo. (Versión de Agustín de Esclasans y Harold Alvarado Tenorio)

En el derecho musulmán la fornicación y la sodomía debían ser castigadas con la muerte, pero el aumento de la riqueza produjo éticas acomodaticias, penando la fornicación con azotes y pasando por alto la homosexualidad. Los travestis musulmanes (mukhannath), como los de hoy, imitaban el vestido y la conducta de las mujeres, rizaban sus cabellos, pintaban sus uñas con alheña y danzaban obscenamente. Solimán hizo castrar los travestis de la Meca y al-Hadi ordenó decapitar dos sirvientas lesbianas sorprendidas en acción. Muchos de los poemas de Abu Nuwãs elogian estas prácticas. Atacada por el cristianismo con cierta eficacia en los últimos tiempos del Imperio Romano, la sodomía reapareció con las Cruzadas, como resultado de las influencias orientales y el aislamiento de monjas y frailes. Se sabe que era una práctica preferida por los Templarios. Los Penitenciales mencionan la frecuencia de este placer entre los religiosos. La copulación con animales, según aparece en los registros del Parlamento Inglés, tuvo que ser condenada con la muerte de ambos participantes. Perros, cabras, vacas, cerdos y gansos fueron condenados a la hoguera con sus amantes humanos.
De Baudri (1046-1130), sabemos que nació en Meung-sur-Loire y que fue arzobispo de Dol, en Bretaña. Educado en Meung y en Angers, ingresó a la abadía de los benedictinos de Bourgueil y en mil setenta y nueve llegó a ser abad, a pesar de gastaba su tiempo más en asuntos literarios que en oficios religiosos. No habiendo logrado ser obispo de Orleans, obtuvo el arzobispado de Dol en el mil ciento siete y se recibió en Roma un año después. Se dice que vivió en Inglaterra por dos años hasta el mil ciento diecinueve cuando regresó a Francia para abandonar sus responsabilidades religiosas y retirarse a Normandía, en Samson-sur-Risle, donde murió el cinco de febrero de mil ciento treinta. A pesar de haber escrito varios y sustanciosos poemas todavía se le conoce más como historiador gracias a Historiae Hierosolymitanae, donde hace una memoria de la primera cruzada, entre 1095 y 1099.

17.- Se supone que Hilario era inglés y que murió en 1125. Fue uno de los discípulos de Abelardo y sus poemas están en un manuscrito de la Biblioteca Nacional de París. Fueron publicados por primera vez por Champollion Figeac bajo el nombre de Hilarii versus et ludi. Su poesía anuncia a los goliardos .En uno de ellos, a una monja, habla de la hermosura y dadivosidad de la muchacha y en otro elogia la belleza de un compañero de celda de la diócesis de Sena. Hay otros que atacan al Papa. Nada más sabemos de él. Versión de Antonio Alatorre.

18.- Versiones de Antonio Alatorre.

19.- Letters of St. Bernard, ed., de S.J. Eales, London, 1895, pg.,48.

20.- Johannes Bühler: Príncipes y caballeros, Liepzig, 1928, pgs., 155 y siguientes.

21.- Josef Julischer, La edad media, en Historia general de la Economía, Munich, 1928, tomo I, pg., 180.

22.- Versión de Ricardo Arias y Arias.

23.- La edición príncipe de los Carmina Burana la hizo Schmeller en 1895, de un manuscrito que se conserva en un monasterio benedictino en Baviera. Contiene unas doscientas composiciones en latín y cincuenta más en una mezcla de latin y alemán («Stetit puella bi einem boume, scripsit amorem an eime loube»), por ejemplo.

24.- Versiones de Ricardo Arias y Arias.

25.- Nació en Pallet, cerca de Nantes en 1079 y murió en 1142.

26.- Abélard, volumen I, pg., 218, París 1845.

27.- Historia calamitatum mearum, Saint Paul, 1922, capítulo V.

28.- C.K., Scott-Montcrieff: Letters of Abélard and Héloïse, New York, 1926, pg., 53.

29.- Traducción de C.A. Jordana.

30.- Traducción de Josep Pujol