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Escuchar después del silencio
David Lara Ramos
A mediados de 1999, las esperanzas
de vida del escritor Harold Alvarado Tenorio ( Buga, 1945 ) eran sólo de
seis meses.
Sufría de una acelerada obesidad y
una serie de trastornos sicológicos. Los médicos luchaban con 14
enfermedades que lo consumían.
“ No podía dormir —recuerda—
lo único que hacía era enfermarme, sufro un infarto y me voy
deteriorando con rapidez, lloro todos los días. Se me prohíbe casi todo,
no podía sentarme ni caminar, y las carnes de la piernas comienzan a
pudrírseme”
Su relato, parece una nefasta
lectura de Kafka. La historia de un hombre que recuerda sus proximidades
con la muerte.
Admite que ante esperar el llamado
final o someterse a tratamientos médicos riesgosos, la opción estaba
clara. Se interna en un hospital en busca de una única esperanza.
La reconstrucción de su cuerpo fue
lenta y sus carnes volvieron a la vida.
“Aquí estoy como un Lázaro
resucitado, fue una etapa dolorosa. No supe cuán enfermo estaba, hoy lo
sé y le doy gracias al cielo y a todo el mundo por haberme salvado de
esa situación tan horrenda, no es bueno saber que uno está cerca de la
muerte.”
Después de más de cuatro años de
absoluto silencio, es bueno anunciar que Harold Alvarado Tenorio ha
vuelto con su poesía; mejor saber que vuelve con la sinceridad de un
hombre que ha resucitado su alma para seguir con su oficio de siempre:
la escritura.
En febrero de este año, presentó su
obra titulada Summa del Cuerpo, que marca el regreso de un
hombre esencial en las letras nacionales y quien desde su cargo como
Director del Departamento de Literatura de la Universidad Nacional de
Colombia, marcó una etapa en la formación de nuevos narradores, críticos
y poetas.
Viajero incansable, traductor de
Kavafis, Eliot, Brodsky, Heaney y numerosos poetas chinos de todas las
dinastías, es el autor de una singular obra poética y ensayística.
Entre sus libros podemos citar
Fragmentos y despojos (2002), Literaturas de América Latina, (1995);
Ensayos, (1994); La poesía de T.S. Eliot, (1988); Espejo de máscaras,
(1987); Una generación desencantada: los poetas colombianos de los años
sesenta (1985) y Kavafis (1984).
Su obra ha sido traducida al inglés,
italiano, francés, griego, chino, alemán y portugués. Hoy vuelve sobre
sus pasos y se siente satisfecho con lo realizado.
Verlo en Cartagena con su nuevo
rostro de vida, es una invitación a conversar sobre su obra, pero sobre
todo una invitación a escuchar a este creador que por cuatro años estuvo
desobedeciendo a un incesante llamado de la muerte.
Summa del cuerpo
El libro es como un legado de mi
poesía. Si algo queda de mi obra poética debe estar ahí.
Este libro lo he reescrito después
de mi enfermedad y he recogido la mayoría de los poemas que tenían, para
mí, alguna validez. Tampoco es que haya escrito muchos poemas. No soy un
poeta, si es que lo soy, que me siente a escribir poemas con un plan
determinado o con un propósito ulterior.
Siempre he escrito guiado, digamos,
por un ramalazo de la inspiración. Decir otra cosa sería mentir, siempre
he escrito porque hay algo o alguien que me lo dicta. Una voz; una
premura que demanda el ejercicio creativo.
Me fui haciendo escritor a medida
que iba logrando dominar esos impulsos, digamos, mágicos.
Algunos poemas son una reescrituras,
otros no habían sido publicados, hay algunos que fueron rescatados del
olvido, pues que se encontraban en revistas que ya desaparecieron.
El libro tiene un nuevo
ordenamiento, difícilmente la gente puede descubrir cuáles son de una
etapa y cuáles son de otra.
Allí hay más de 30 años de escritura
poética.
El microcosmos
Soy una persona de origen campesino,
no estoy hablando de un campesino pobre e ignorante porque sería mentir.
Soy hijo de Ana Tulia Tenorio y Humberto Alvarado, quienes habían vivido
por años en el campo. Fui criado y protegido, toda la vida, por un tío,
hermano de mi madre, que es poeta y ahora tiene 81 años, Rogerio
Tenorio.
Sin su ayuda otro camino habría
tomado mi vida o mi muerte.
Me crecí en una de esas haciendas
del valle del río Cauca, cruzada por pequeños riachuelos y poblada de
inmensos árboles que desaparecieron a medida que el capitalismo fue
echando por tierra toda la belleza del mundo para plantar caña de
azúcar. Cuando salía de ese vasto mundo para ir a la escuela primaria
entraba en mundo extraño, el mundo de las pequeñas ciudades de
provincia.
Lo que anhelaba era volver allí
donde tenía árboles, animales, aguas, y vivir en una constante cercanía
con el trabajo campesino. Yo arriaba ganado, cortaba alfalfa, limpiaba
galpones. Luego de esa libertad con que yo crecí, entré en un choque muy
violento con la educación y con la religión fundamentalmente.
Comencé a cuestionar la educación
religiosa de la época, y eso hizo que me echaran de todos los colegios
de mi pueblo. Lo único que pudo hacer mi tío fue llevarme a Bogotá para
que pudiera hacer mi bachillerato. Pero también tope con la iglesia.
Los amigos de Bogotá
Llegué a Bogotá a comienzos de los
años 60, y en el primer colegio donde llego me echan por esas ideas que
ya yo traía sobre la educación y la religión. Entonces tengo que
procurarme mi propia matrícula y buscar donde vivir. Fui a parar a una
pensión que un español tenía en la calle 7ª con 23, donde vivían,
fundamentalmente, toreros de tercera categoría y hombres del oficio.
Tenía un restaurante muy barato donde venían casi todos los artistas
pobres de la época. Además estaba un café, que se llamaba El Cisne. Allí
me relaciono con personas que hoy son muy notables en el mundo
intelectual. Conocí a Rogelio Salmona, Marta Traba, Gonzalo Arango,
Santiago García, Miguel Torres, Nicolás Suescún, Jorge Child, Alfonso
Hansen, Hernando Valencia Goelkel, Mario Rivero y muchos más, todos
pintores, actores o escritores. Llegué a conocer a Jorge Gaitán Durán, a
Eduardo Carranza y también tuve vínculos con la biblioteca Luis Ángel
Arango, en esa biblioteca leí a Borges por primera vez.
Pasé mi vida de bachiller solo, sin
padre y sin madre, rodando en ese mundo del teatro, del cine, de las
fiestas... Fue muy importante en esa época la relación que tuve con la
Universidad Nacional , en especial con la gente que trabajaba con la
nueva facultad de Sociología que había fundado Orlando Fals Borda.
Recordar a Francisco Posada Díaz, a Valeria Guarnizo, a Augusto Díaz
Saldaña, a Freddy Téllez y a muchos muchachos y muchachas que después
murieron en los campos de batalla; en atentados o en asaltos a bancos o
a manos de la justicia ordinaria y no ordinaria.
Eso crea en mí un sentido de la
libertad y el deseo de ser un artista. Luego se inicia todo el periplo
de mi vida, andar en uno y en otro sitio. Me gusta mucho viajar, conocer
gente, otras culturas y estoy convencido que eso tiene mucho sentido
para vivir, pero también me gusta mucho escribir.
De un lugar a otro
Hay muchos lugares en mi vida como
en mi obra. Recién graduado de bachiller, viví en México un año, luego
en Berlín, en España, en New York, en Beijing, en Estocolmo, en París,
en Roma, etc., etc.
Venezuela es una segunda patria,
donde creo que soy más conocido que en Colombia. Lo mismo pasa en
Brasil, de donde he recibido mucho afecto. Y de mis amigos y amores
chinos. Ahora pienso seguir viajando.
No ha sido un propósito construir
una obra que se convirtiera en un recorrido de los viajes, lo que pasa
es que los poemas han surgido así, en lugares distintos. Vuelvo y digo,
recibo esa orden de escribirlos y algunos los he escrito hace poco
tiempo, pero mi producción poética es poca frente a gente que escribe
libros en serie.
Aquí en Colombia muchos poetas se
proponen hacer un libro sobre lagartos, otro sobre la gente aburrida,
uno sobre la envidia, otro sobre la inquina y hacen libros y los
publican y se perpetúan en ese tipo de cosas.
Maestros y escritores
Los grandes escritores han tenido
grandes escuelas, sean autodidactas, o sean vinculados a grupos.
Por las investigaciones que se han
hecho en Cartagena sabemos que García Márquez no fue ciertamente un
autodidacta, tuvo maestros y escuela. Tuvo quien lo orientara en
lecturas, quien le propusiera ejercicios y tuvo un grupo de amigos muy
brillantes. No era un muchacho encerrado en su habitación tratando de
hacer esfuerzos por escribir. Eso muestra que los grandes escritores no
son personajes improvisados.
Nada más agradable que los
escritores pudieran formarse en las universidades como se formaron
muchos a través de los tiempos, tanto en el mundo antiguo, como en el
mundo posterior a la Revolución Francesa o en el mundo contemporáneo.
En todas partes se cuecen habas. A
veces en las academias se encuentra uno con individuos que ejerciendo la
profesión de docentes hacen mucho daño a quienes quieren crear o tienen
gran imaginación. De todas maneras creo que una mente lúcida no se deja
perjudicar por un mal profesor.
Tuve muchos maestros, fui alumno de
Jorge Zalamea; recuerdo mucho a un gran maestro de literatura francesa y
teorías literarias que se llamó Jean Bucher, un profesor de literatura
mexicana y Latinoamericana, el profesor Walter Langford, de la
Universidad de Notre Dame, pero también otro norteamericano de origen
brasileño, Edward Stressino, que nos enseñaba teorías del lenguaje y nos
hizo leer el Proslogion de San Anselmo de Aosta y a Arthur
Walley; y John Neubauer, un inglés que era físico y literato y nos
ilustró en las tesis de la traducción y la poesía inglesa y alemana.
Otro de mis maestros fue el poeta Luis Enrique Sendoya, un sacerdote que
luego abandonó lo hábitos, se caso y se fue a vivir a México.
Luego en España, donde hice mi
doctorado en letras en la Universidad Complutense , no me fue tan bien.
Era la época del Franquismo, un centro sumamente reaccionario,
empobrecido, destruido por la tiranía. Pero al lado de eso, estaba el
mundo bullente de los años 70, que inicia el fin de la dictadura y el
paso a la democracia. Existía una legión de escritores y revistas, es
decir, en la calle uno hervía en olor de gran literatura. Allí me tocó
vivir el desarrollo y afianzamiento de lo que se llamó la generación
poética del 50. A través de esa generación pude conocer a Kavafis, por
ejemplo, y afianzar mi conocimiento sobre la poesía norteamericana
contemporánea: T.S. Eliot, Ezra Pound, Williams Carlos Williams, Walance
Stevens, o John Berryman.
Si en mi licenciatura yo recibo una
formación con rigor, en España llevo una vida literaria muy rica, por
ejemplo, como los periódicos eran censurados, yo leía Le monde.
Pero también leí ABC. Vi a Sartre en el Colegio Mayor Nuestra Señora de
Guadalupe, lo metieron al país de manera clandestina y estuvo hablando
con nosotros sobre la libertad.
¡Sartre era Sartre! Era mi norte
ético, su forma de ser era un modelo para mí. Si Borges era el modelo
literario, Sartre era el modelo de la ética y la virtud.
Encuentros con Borges
A Borges tuve oportunidad de verlo
unas cuatro ocasiones. La primera vez fue una noche, en un hotel de
Reyjavick, cuando él estaba de visita en la ciudad y yo de paso en un
avión de Air Bahamas rumbo a Luxemburgo. En el mostrador del hotel vi el
nombre de Borges en un periódico y pregunté al portero qué decía el
papel y me respondió que ese señor argentino estaba hospedado cerca de
allí. Eran como las ocho de la noche; tomé un taxi y fui hasta ese hotel
donde Borges estaba conversando con unos señores. Me le acerqué y le
pedí el favor a una señora que estaba allí que me tomara una fotografía.
Cruzamos apenas las palabras necesarias para que yo me pudiera hacer la
foto y eso fue todo.
Luego vendría la historia del
prólogo apócrifo y entonces, estando yo en Madrid, supe que Borges se
había bajado en el hotel Palace. Llamé y María Kodama respondió. Le dije
que era un estudiante de literatura, que estaba haciendo una tesis sobre
Borges y que quería hablar con él. Borges pasó al aparato y preguntó mi
nombre y al decírselo, repreguntó, es usted el señor del prólogo, a lo
cual asentí y me dijo que fuera de inmediato a su hotel y allí me dijo
que me invitaba a comer y me quedé toda la tarde con él. Me preguntó
sobre el prólogo y sobre Colombia, y sobre la tesis y sobre mis poemas.
Fue siempre muy amable. Luego fue en Colombia. Estaba en la embajada
argentina, fui hasta allí, estaba rodeado de periodistas, me acerqué a
él, le saludé con un Borges y sorpresivamente me respondió, es usted
Alvarado.
La última vez que lo vi la conté en
una especie de memoria que se llama Cuatro poemas inéditos de Jorge
Luis Borges, por Harold Alvarado Tenorio.
El medio literario actual
Borges decía que Argentina había
pasado del inglés a la ignorancia; tendría que decir que en Colombia
hemos pasado de la ignorancia a la desolación, de hecho, eso no exime la
posibilidad de que existan buenos escritores, pero en general, lo que
hay aquí es un triunfo de la ignorancia, en el sentido de que lo que se
está vendiendo son productos desechables. Libros para ser consumidos por
las masas, que pueden llegar a ser como las papas fritas. Es una
literatura sin mérito. Lo único que hacen esos muchachos es trabajar a
destajo para esas empresas editoriales.
Hay novelistas talentosos y buenos,
pero no reciben de las editoriales igual atención, porque esa literatura
no puede ser leída por la gente a quienes ellos les venden. Para darle
un ejemplo reciente, la última novela de Óscar Collazos, El exilio y
la culpa, que es una reescritura de una novela anterior, no es un
texto que pueda leer cualquier persona con facilidad. Se necesita tener
cierta preparación, esa novela no la puede leer alguien que quiera matar
unas horas por la tarde. Hay otros libros como Satanás, de
Mario Mendoza, que perfectamente se puede leer al mismo tiempo que se
tragan cuatro trozos de papas fritas, o al mismo tiempo que uno ve una
película de Batman, o mientras se hacen 50 genuflexiones.
Podría pensarme que se ha perdido el
horizonte, pero no es así. Vivimos una crisis en todos los aspectos. Es
como en la historia de la prostitución, antes se fornicaba con una de un
millón de pesos, ahora se fornican con 20 de 25 mil. Antes usted tenía a
un García Márquez, ahora hay 200 imbéciles que producen menos de lo que
lo que produce el Nóbel.
Puedes ser víctima de esos 200
majaderos que tiene la mejor publicidad del planeta, pero al que es
bueno no lo vemos.
China, una enseñanza
Cuando viví en China, mis puntos de
vista cambiaron para siempre. Aprendí que lo más importante es la
humildad. No hay que pensar que uno es grande para nada; no es cierto
que haya alguien grande en este mundo. Lo único que tenemos que hacer,
como decía Borges, es construir sobre la arena pensando que es mármol.
La humildad es una de las razones de
la virtud del budismo. Ser sabios para poder ser humildes. Hay que
estudiar muchas horas para aprender la humildad, aprender a conocer las
diferencias del mundo para entender por qué no podemos ser únicos y por
tanto no somos más que nada ni nadie. De tal manera, que sin querer
decir que podamos gozar de las comodidades que depara la ciencia, la
técnica o el dinero, hay que practicar la humildad, que comienza siempre
por el ahorro y el abandono del despilfarro.
Los chinos, al menos los letrados,
siguen practicando en buena parte la humildad. Además sólo los humildes
alcanzan el verdadero poder que da la efímera gloria de este mundo.
La humildad, ése es el camino.
Suplemento Literario de El
Universal de Cartagena de Indias Julio 21, 2002 |